OPINIÓN    

Retórica económica

Flavio Machicado Saravia

El analista económico Armando Álvarez escribió el 8 de agosto un artículo titulado “Y…. ¿Ahora?”, donde comenta sobre diversos aspectos de la economía nacional. En lo personal, he evitado últimamente analizar la coyuntura económica debido a que no confío en las estadísticas oficiales. Ante un vacío de información de instituciones oficiales que sean confiables, es muy aventurero utilizar estadísticas y llegar a conclusiones que sean útiles para la opinión pública en general.

Sin embargo, sin necesidad de recurrir a indicadores oficiales, hay algunos elementos o síntomas que se observa en la calle que permiten tener alguna apreciación al respecto, especialmente para realizar una proyección de mediano y largo plazo, tomando en cuenta además el entorno a nivel internacional y las tendencias que muestra.

Para el colmo, la colectividad no se conmueve ni perturba con la coyuntura actual, porque las reservas internacionales disponibles todavía permiten un oxígeno suficiente como para pasar un poco más de tiempo sin mayores sobresaltos. A su vez, en Bolivia estamos lejos de la angustia que sufren otras sociedades, como el caso venezolano, que ya está viviendo una agonía que no puede prolongarse demasiado si antes no se produce una eclosión social que no será posible contener por la fuerza, por muy violenta que sea ésta. Al final todo tiene un límite.

Si bien la economía nacional en los últimos años ha tenido abultados ingresos debido a los altos precios internacionales de nuestras materias primas, utilizados para satisfacer diversas necesidades, Bolivia no pudo salir de su condición de economía dependiente, con poco o ningún valor agregado. La excepción a esta regla son rubros como la soya, que forzosamente debió ser transformada para convertirla en un importante alimento para el ganado. Ese ganado que engorda, lamentablemente, es el del Perú y Colombia. Es decir que ni siquiera la soya sirve para engordar nuestro propio hato ganadero.

Seguimos exportando materia prima y muy poca carne vacuna, que debió ser un objetivo principal en esa época de bonanza. Para ello hubiésemos tenido que superar algunos obstáculos estructurales importantes, como ser el límite máximo de la superficie agrícola al que pueden llegar los nuevos productores, ya que en el marco de la nueva Constitución el gobierno no pudo modificar la anterior situación vigente. El gobierno tuvo que aceptar la no-retroactividad de la ley, salvándose de esta manera muchas propiedades agrícolas que producen en gran escala.

También podríamos mencionar a la hoja de coca, que hace tiempo ya se transforma básicamente en cocaína, aunque de forma irregular o clandestina, por lo que su producción no figura en las estadísticas oficiales. No obstante, su presencia económica se siente en la construcción, el consumo dispendioso y la compra de vehículos de lujo, que transitan ostentosamente por nuestras calles.

En consecuencia, desde que nacimos a la vida independiente nuestro modelo económico sigue siendo extractivista, que es el término con el que se denomina a una forma de organizar la economía de un país, basado en una alta dependencia de la extracción intensiva de los recursos naturales, con muy bajo procesamiento y destinado para su venta en el exterior.

Entender nuestra condición extractivista debería ser el punto de partida para una proyección que vaya más allá del discurso sobre la “industrialización”, que el Presidente nos propone cada 6 de agosto. En este sentido, en el caso de Bolivia pretender seguir dependiendo el gas y petróleo como principal recurso de exportación es tener una visión de corto plazo. En el mediano plazo, que es apenas 15 años, la industria automotriz empezará una expansiva producción de vehículos eléctricos, prohibiendo inclusive la utilización de vehículos con motor de combustión interna. Hecho que también involucra el futuro industrial basado en este recurso, sobre el cual el gobierno ha hecho una apuesta muy grande.

Indudablemente, esta nueva tendencia podría abrir la explotación del litio para la fabricación de baterías, donde Bolivia está dotada de una importante reserva. Sin embargo, si bien podría parecer interesante que este recurso sea explotado por el Estado, la realidad es que, al no tener toda la tecnología y cadenas de comercialización, el litio sigue estancado en el Salar. Es decir, es muy posible que las economías, aunque estén dotadas de recursos naturales, no puedan desarrollar productos estratégicos, como ha sido la historia del capitalismo desde que dio sus primeros pasos hace más de dos siglos.

De ahí que al margen de retórica, especialmente la revolucionaria, es importante una amplia discusión interna a fin de insertarse en la historia. De lo contrario, estaríamos condenados a vivir al margen de ésta. Lo ideal sería compatibilizar la inversión extranjera con los intereses nacionales. De esta manera tendríamos acceso al capital, el conocimiento, la tecnología y los mercados con los cuales explotar estos recursos naturales, como ser el litio. Porque mientras nos venden la teoría de la nacionalización, el gobierno de facto está privatizando con sus aliados ideológicos la explotación mediante un cuento chino que ni trae desarrollo, ni crea nuevos empleos.

El Ing. Com. Flavio Machicado Saravia es Miembro de Número de la Academia Boliviana de Ciencias Económicas.

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