OPINIÓN    

En la memoria de los pueblos boliviano y peruano

Severo Cruz Seláez

Desde que Sir Robert Marett entregara, en 1977, al mundo lector, su libro titulado “Perú”, en edición castellana, ha corrido mucha agua bajo el puente.

La publicación estuvo propiciada por la Editorial Francisco de Aguirre, S.A., de Buenos Aires – Argentina. Contiene cuatro capítulos y 364 páginas. Además de un número considerable de ilustraciones.

“Tuve ocasión de viajar por el país y tratar con mucha gente de todas las clases sociales, y en todos los lugares donde fui, en la alta sociedad como en el poblado indio más humilde, mi esposa y yo fuimos tratados con la mayor amistad. Abandonamos el Perú trayendo sólo recuerdos afectuosos”, señala, en el prefacio, el súbdito británico.

“Joven soldado afortunado y pintoresco, español por su padre, y por su madre descendiente de la nobleza inca”, señala, refiriéndose al general Andrés de Santa Cruz y Calahumana, el escritor y diplomático (Pág. 83).

“Afortunado”, ni duda cabe, porque forjó su carrera militar al mando del Libertador Bolívar, el perínclito venezolano, que murió pobre, porque fue un hombre consecuente con la honestidad y la transparencia. Sus esfuerzos fueron premiados, con creces, por éste.

Pero el adjetivo “pintoresco”, empleado con cierto tono displicente y de brulote por el autor, para aludir al general Santa Cruz, daría a entender una actitud discriminatoria, quizá por los rasgos nativos, que reflejaba él. “Pintoresco” se traduce también, y sea oportuno aclarar, por estrafalario y ridículo. Y acá no hay donde perderse.

Con sorna lo llama el “inexorable caudillo” o el “astuto boliviano” (Pág. 95). Estas apreciaciones de Marett tienden, simple y llanamente, a descalificarlo y ridiculizarlo ante la historia y los hombres.

Y con menosprecio, absoluto, lo cita como el “viejo y aguerrido militar” (Pág. 95). El mérito del general Santa Cruz y Calahumana se funda en el hecho de haber participado en el ejército liberador que acabó con el sistema esclavista en este jirón sudamericano.

Aún en desgracia el Mariscal Andrés de Santa Cruz y Calahumana “todavía tenía amigos” (Pág. 96). Es decir gente que añoraba sus objetivos políticos, sus afanes de confraternidad y sus perspectivas de construir una Patria Grande. Gente que coreaba al unísono su nombre y recordaba la Confederación. Esa “malhadada Confederación” (Pág. 96), a decir de Sir Robert Marett.

En suma: el nombre del Mariscal Andrés de Santa Cruz y Calahumana vive en la memoria del pueblo boliviano y del peruano. Y vivirá por siempre.

MÁS TITULARES DE OPINIÓN