OPINIÓN    

La espada en la palabra

¡El mayor crimen!

Ignacio Vera Rada

Para haber renunciado al cargo de juez del Tribunal Constitucional Plurinacional antes de haber prevaricado, cual visaje de protesta contra el gobierno y de digna insubordinación, se hubiera necesitado mucha valentía, pero reconozco que para haber delinquido dictando un fallo como el que se ha dictado, se necesita una valentía mucho más grande, porque el nombre y la frente de esas personas que dictaron una sentencia que contraviene las premisas fundamentales del Derecho público se ha manchado de indignidad para siempre, y para haber cometido tal delito es menester ser una persona de arrojo y valentía.

Tristes son los momentos que atraviesa la sociedad boliviana; en realidad, estos momentos que nosotros llamamos aquí tristes son los momentos de turbulencia y anarquía que se vive y la causa principal del rezago que hoy sentimos en nuestra carne y en nuestro espíritu. Nunca me hubiera imaginado que, haciendo analogías, se hubieran podido repetir los acontecimientos históricos del pasado ni las desfachateces que perpetraban Melgarejo, Morales y Daza en sus gobiernos. No hay de qué sorprendernos, ya que lo que vemos y sentimos hoy no es sino el resultado inminente, lógico e inexorable de las escuelas sin maestros que tuvimos desde siempre. La historia siempre es la expresión de un trasfondo que los historiadores pocas veces saben ver; quiere decirnos y enseñarnos algo. Oswald Spengler y su filosofía histórica de símbolos y analogías nunca estuvieron tan en lo cierto como ahora.

¿Vivimos aún en democracia, como para que queramos salvarla de la ruina en la que supuestamente está? No son 35 años Estado de Derecho; esa cualidad ha cesado desde hace ya varios años. Cuando se haga la historia de la democracia boliviana, el historiador tendrá que saltar estos momentos. Ya no hablemos de salvar el orden, sino de recuperarlo.

Se ha cometido el mayor crimen de cuantos fueron cometidos contra este país pequeño, pobre y miserable de hombres virtuosos. Se ha socavado los cimientos democráticos y del orden y la disciplina, que, dicho sea de paso, nunca fueron demasiado consistentes como para sostener a gentes como las nuestras.

Es evidente que este régimen no pretende levantarse de la silla de mando. Se dice que se respetó la voluntad del pueblo expresada el 21 de febrero al haberse abstenido la Asamblea de reformar la Constitución y al haberse buscado honrosamente otra vía para eternizar al caudillo, pero el lector ya debe haberse dado cuenta seguramente de la sandez y el sinsentido que conlleva ese razonamiento, que ni es razonamiento. Lo peor es que al desorden político sobrevendrá la crisis económica, que iremos a encarar vestidos de harapos y sin zapatos, pero le haremos frente con dignidad.

¡Cómo quisiera que Bolivia hubiese sido bien conducida desde siempre! Daos cuenta, ¡hubiésemos sido un pueblo progresado y feliz! Quisiera que fuésemos más inteligentes, más ricos, más prósperos. Este pueblo es pobre, pero lleva la fuerza de su energía nacional. Empero, hoy la incultura reina con toda su majestuosidad en la casta dirigente. La historia política de este desventurado Estado no tiene la tristeza solemne de la tragedia, sino la ridiculez de una comedia o un sainete. ¡Por qué, Dios mío, no dejan progresar a este pobre país!

Amamos la filosofía alemana, el arte galo, el esteticismo clásico, pero Bolivia es mi patria, es el lugar donde he nacido y en el que aprendí a sufrir. Hoy hago por ella lo que puedo. También el artista enamorado y el científico erudito deben cumplir con su deber de buenos ciudadanos. Ese amor tan fuerte es el que hizo que Goethe fuera ministro de Weimar, Víctor Hugo parlamentario de Francia, Newton magistrado de Inglaterra…

En estos momentos de inmoralidad y perversión, el deber principal de cualquiera patriota es tratar preservar el espíritu democrático que todavía queda en la nación.

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