OPINIÓN    

Clepsidra

Somos el nulo del mundo

Álvaro Riveros Tejada

Así como el gobierno se ufana de que nuestro país es el primero y único en el mundo que elige a sus magistrados del Órgano Judicial, no es menos cierto que la catarata de votos nulos y blancos que suelen arrojar estas elecciones, en especial esta última, es demoledora y ello sí se puede ostentar ante el Universo, como la primera muestra palmaria del rechazo de un pueblo, al régimen que lo gobierna.

Bajo ese pertinaz sonsonete “Hemos venido a quedarnos”, tantas veces expresado por los caudillos que sucumbieron a las directrices del Foro de Sao Paulo y, quienes bajo el influjo del micomandante Hugo Chávez erigieron su plataforma para construir una democracia que a su vez la pretenden destruir, nos encontramos ante una estrategia que cundió como una pandemia, desde México hasta la Argentina, con excepciones de Perú y Paraguay, que dieron un paso al costado, por razones suficientemente conocidas.

De esta forma, gradual y sistemáticamente varios países como: Argentina, Brasil, Ecuador, Paraguay, etc., tomaron prudente distancia de ese experimento y se dieron a la ardua tarea de reconstruir lo destruido, a pesar de que el huevo de la serpiente iba germinando sin apuro y sin pausa, encubado por las astronómicas sumas de dinero de esa flamante transnacional del narcotráfico, aún más poderosa que las propias petroleras y de aquellos dineros expoliados a sus pueblos. Entonces comenzó la tarea de desestabilizar aquellos gobiernos que se abocaron a la reconstrucción de la democracia, con un denodado afán de derrocarlos.

En medio de ese desembozado afán de salir de lo común para ingresar en lo ridículo, priman inequívocamente regímenes que quieren demostrar lo que no tienen y su aspiración de ser originales es más fuerte que el de ser originarios.

Como si de una población ovejuna se tratara, ya resulta altamente sospechoso el tratar de convencernos de que la Constitución, que tanto sudor y sangre costó en La Calancha, ahora contradice el artículo 23 de la Convención Americana sobre Derechos Humanos, que reconoce el derecho de los ciudadanos a la participación política. Algo similar a afirmar que el Código Penal, que prohíbe robar, vulnera el derecho de la Sra. Achacollo de acceder a la presidencia del Fondioc o que Juan Pari no debe ir a la cárcel, porque todo ciudadano tiene derecho a tener un trabajo.

Utilizando el populismo como herramienta, ahora se buscó una nueva reelección con unas elecciones judiciales que le permitieran al gobierno contar con los elementos dóciles que le franqueen dicha posibilidad, al igual que lo hicieron sus colegas del Tribunal Constitucional al declarar inconstitucional la propia Constitución de Bolivia. “¡La acumulación excesiva de poder destruye la esperanza!”.

Otra vez el pueblo se le encabritó y dos tercios de los ciudadanos que votaron entre nulo o blanco le volvieron a decir NO a su propósito, y para evitar ser el nulo del mundo.

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