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Un réquiem

Harold Olmos

LA OEA inauguraba su Octava Cumbre el viernes pasado cuando aún retumbaban las palabras de Diosdado Cabello, acerca de que las bolsas de alimentos que el gobierno distribuye entre los venezolanos son una manera segura de amarrar votos para las elecciones presidenciales convocadas para el 20 de mayo por una asamblea de constituyentes designados a dedo. Voto a cambio de alimentos: Nunca había sido tan claro ni tan cínico ese intercambio que, sin embargo, fue ignorado por los “maduristas” vociferantes que el jueves impidieron hablar al Secretario General de la OEA en Lima, en vísperas de la inauguración de la cita hemisférica y gritaban en protesta por la exclusión de su líder.

También pasó casi desapercibido un dato que mostraba la caída vertical de la economía del país que hace un tiempo fue el más rico del continente latinoamericano: la producción de petróleo había descendido a 1,5 millón de barriles diarios, un nivel que configuraría la peor pesadilla del régimen que estableció Hugo Chávez. El comandante asumió las riendas de su país a fines del siglo pasado con una producción superior a los tres millones de barriles y apuntaba a llegar a cinco millones en pocos años más. La caída podrá ser sentida en poco tiempo.

El derrumbe en curso había sido notado con alarma mayúscula en enero, cuando cifras de la OPEP divulgaron que la producción declinaba y marcaba un 12% menos que el promedio de 2017. Era el promedio de hace más de 40 años y la declinación parecía la de un globo que se desinflaba. Imagine usted si la producción gasífera de Bolivia disminuyera a ese ritmo y de repente el país se encontrara con que no puede cumplir ni siquiera sus compromisos con Brasil y Argentina.

La catástrofe que ocurre en la Patria de Bolívar viene acompañada de índices que quitan el aliento. La violencia y la criminalidad colocan al país entre los peores del mundo. Al lado de Honduras, puntea por el título regional. No por coincidencia, las estadísticas los colocan entre los países más corruptos del mundo. ¿Puede el Socialismo del Siglo XXI concitar algún entusiasmo? Con las farmacias con sus escaparates vacíos y enfermedades que se creía extinguidas hacía mucho tiempo ahora de vuelta, hace pocos días circulaba un aviso entre usuarios de la red: los que crean que la ideología instalada por Hugo Chávez, Fidel Castro y sus seguidores en América Latina, es el camino a la prosperidad, tienen las puertas abiertas para irse a Caracas. Que se conozca, no hay aplicaciones para irse a Venezuela, ni de Bolivia ni de Colombia, Brasil o Guyana, menos aún de Chile, Uruguay, México o Paraguay.

Es inevitable que el paso del Socialismo Siglo XXI quede registrado en la historia como un fracaso económico colosal, entre los más grandes conocidos por la humanidad. En Venezuela no había por dónde fallar, pues lo principal había: dinero a chorros. Pero falló el factor humano, arropado de codicia y de impreparación. La creencia, todavía sostenida en algunos sectores ciegos, de que bastaría nacionalizar o expropiar para acabar con las desigualdades, chocó contra un muro fatal: la incapacidad de sostener la producción, ya sea de leche, azúcar o de hierro.

Cientos de miles han salido del país en busca de mejores destinos. El fracaso venezolano es la campana que dobla ante el fin de ese experimento que en un tiempo parecía expandirse incontenible por todo el continente. Pero como en una tragedia griega, la marcha fúnebre se ha vuelto interminable.

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