EDITORIAL    

La Iglesia Católica condena la prepotencia

Los obispos del país, en su misión orientadora y defensora de los derechos humanos, condenan todo acto de prepotencia, toda acción que atente contra las libertades y los derechos del ser humano. El obispo de Santa Cruz, consubstanciado con el sentimiento y criterios de los integrantes de la Conferencia Episcopal Boliviana, hace poco ha expresado: “Cómo hablar de alegría ante las circunstancias difíciles que vive hoy nuestra sociedad marcada por el desconcierto y sentimientos de impotencia a causa de prepotencias que desoyen el clamor del pueblo, que imponen leyes de muerte, que avasallan la justicia, que desconocen la Constitución Política del Estado y los valores y principios básicos de la convivencia democrática como el bien común, la libertad y la paz”.

Fue claro el prelado cuando condenó las prácticas del aborto que son atentados contra la vida y dijo en su homilía: “No creo que el Papa Francisco comparta la posición y el actuar de quienes van en contra de la vida y de quienes dicen luchar contra la pobreza, eliminando y matando a los más pobres e indefensos como son los niños que van a nacer”. Advirtió el obispo: “…que los que ahora deciden sobre quienes pueden nacer, en el futuro se atreverán a decidir sobre cómo y cuándo morir”, en clara referencia a la eutanasia.

La posición de la Iglesia es clara y terminante cuando defiende la vida, cuando busca que el mundo viva en paz, cuando exige que los gobernantes actúen con caridad, honradez y responsabilidad, cuando pide que haya respeto y consideración entre todos, cuando clama porque la mentira, mostrada como hipocresía, sea evitada en la conducta humana. Conscientes de que el hombre tiene derechos y responsabilidades, el obispo cruceño ha expresado: “Comprometemos todos, cada cual de acuerdo con sus funciones y responsabilidades, a trabajar para construir nuevas relaciones en nuestro país, relaciones no basadas sobre la desconfianza de prejuicios y la lógica de la prepotencia y del más fuerte, sino en la escucha y el reconocimiento del que piensa distinto, en el respeto de su dignidad de persona, en la reconciliación y el perdón para que nuestra sociedad sea cimentada sobre la roca de la justicia, la solidaridad, la libertad, el bien común y la paz”.

La Iglesia, en contradicción a quienes sostienen que “debe dedicarse a labores del púlpito o de sacristía”, ha mostrado siempre, desde que Jesucristo la instituyó, que el ser humano, como creación de Dios, tiene dignidad y virtudes que se hacen valores y principios en defensa de la humanidad; que nadie, por poder que tenga, puede atentar contra esos derechos, que cualquier prepotencia debe ser condenada drásticamente porque todos, tengan el poder que sea, o no lo tengan de ninguna clase, deben convivir en armonía, que todos, sin excepción, deben acomodarse a lo que la sana razón y el buen entendimiento muestran como es el respeto, la consideración y el amor entre todos; de otro modo, señalan los escritos eclesiásticos, todo resulta atentado contra las leyes de Dios.

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