OPINIÓN    

La espada en la palabra

Bolivia frente a la realidad internacional actual

Ignacio Vera Rada

La realidad que enfrenta Bolivia en lo referente a sus asuntos exteriores es -al igual que la que enfrenta en lo relativo a sus asuntos internos- misteriosa y está signada por la incertidumbre. Lo que sí se sabe con mucha certeza es que se tiene un Ministerio de Relaciones Exteriores pasivo y un equipo de diplomáticos cuando menos despreocupado o desganado. Es posible que esa pasividad y esa despreocupación sean debidas no tanto a la indiferencia sino más bien a la falta de preparación de quienes están ocupando en este momento nuestros consulados, embajadas, legaciones, secretarías y la misma silla del conductor de la diplomacia boliviana.

Hace algunos meses, leí una buena investigación periodística (no recuerdo en qué medio) que hacía una relación entre los funcionarios del cuerpo diplomático boliviano y sus profesiones u oficios de toda la vida; en este momento no me atrevería a lanzar una cifra, pero sí puedo aseverar que bajísimo era el porcentaje de los diplomáticos bolivianos que son realmente y bajo todas las de la ley DIPLOMÁTICOS.

Se debe saber que dos son las clases de personas que están aptas, y en algunos casos llamadas, a ocupar alguna magistratura en la diplomacia: 1. Los humanistas y letrados y 2. los técnicos (los diplomáticos de carrera o los abogados internacionalistas); y se debe saber que la función diplomática es por definición un oficio tecnocrático en el que se requiere no solo inteligencia y sagacidad sino también versación especializada.

Habiendo hecho esas consideraciones a manera de larga introducción, continuemos.

Las relaciones internacionales del Siglo XXI nacieron ligadas a otra palabra: globalización. Ésta hace que los países no deban ya solo servirse del bilateralismo -decimonónico y tradicional del Derecho Internacional clásico- sino del multilateralismo. Por otra parte, el país que no reconozca a los nuevos actores pesados, que son las multinacionales, no puede apostar al éxito en el juego diplomático. Y es que las empresas irrumpieron en el escenario internacional con tal fuerza, que son capaces de influir en los asuntos públicos (en niveles económicos, financieros e incluso políticos) de los Estados, aun sean éstos sólidos. En este contexto, Bolivia está aislada y atrasada.

El Siglo XX, con sus guerras y sismos políticos, ha enseñado una lección categórica y para siempre: en las relaciones internacionales debe primar la Realpolitik, el practicismo. Hobbes ganó a Kant. Los diplomáticos anclados en ideologías dogmáticas no son aptos para los nuevos días. Es imperativo, por ejemplo, que Bolivia restablezca sus relaciones con la primera potencia del mundo y que encuentre una política de apertura de mercados. La política exterior, concebida como un cuerpo de doctrina, es la expresión de los intereses nacionales de un Estado en el marco de una realidad concreta.

Como corolario de todo lo hasta aquí sucintamente expuesto, Bolivia es víctima de otra falencia estructural: la dependencia a sus países acreedores. Ya no se depende del FMI pero sí de China. Si hay producción de materias primas, los precios de éstas están impuestos por los grandes países consumidores que las industrializan, y esta imposición de apremio y presión es debida a mecanismos de mercados que hacen que Bolivia no pueda rehusar los precios que se le asigna.

Nuestro país tiene un potencial extraordinario que es fruto de su ubicación en el centro del Sur: su condición de territorio puente entre los países del Atlántico y el Pacífico, y esto podría ser visionariamente aprovechado frente al creciente incremento del comercio con países de Europa y Asia.

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