OPINIÓN    

Clepsidra

Rematan Casa del Inca

Álvaro Riveros Tejada

En esa generosa división y partición de bienes que nuestros antepasados nos legaron a los bolivianos, tras la independencia en 1825, de una superficie de terreno de nada más ni menos que 2.363.769 Km2, cuando éramos apenas 2.704.165 habitantes, de acuerdo con el primero de los 10 censos que fueron realizados hasta la fecha, otorgándonos a cada uno un terrenito de un millón de metros cuadrados, la lógica y la racionalidad se impusieron con el correr de la historia y fuimos pasto de la codicia de nuestros vecinos que juzgaron injusta dicha distribución, y procedieron a expoliarnos, hasta dejarnos con la extensión actual de 1.098,581 Km2, área donde, dada la actual población, se reduce nuestra propiedad a 500.000 m2 por cabeza, aproximadamente.

Valga la pena aclarar que dichas parcelas no son desérticas y muy al contrario, cuentan en sus entrañas con una incalculable riqueza en recursos naturales, como: minerales, recursos forestales, petroleros y muchos otros, que a su vez despiertan la codicia de los propios hermanos, llevándonos a confrontaciones que, si bien uno sabe cómo comienzan, nunca se sabe cómo terminan.

Este fue el caso de la localidad de Coroma, situada entre los departamentos de Oruro y Potosí, donde se generó una contienda que provocó víctimas de ambos lados, por la pertenencia de este sitio, por ser fértil para la producción de quinua y por los altos precios que alcanzó ese alimento, empero, fuentes bien informadas atribuyen el lío al tráfico de autos ilegales o chutos que transitan por esas carreteras diariamente, a la vista y paciencia de los escasos policías que rondan la zona.

Sin embargo, resulta tan sospechosa la creación de estos entripados que nacen de argumentos tan baladíes, que hasta nos recuerdan a la pelea de dos calvos por la posesión de un peine, empero son instrumentados con la suficiente perversidad como para deflagrar una guerra. Baste observar, por ejemplo, la instalación de una oficina pública de nutrido tráfico de personas, en uno de los centros comerciales más bellos de Santa Cruz, con el velado propósito de opacar su belleza, tratando de que se convierta en un puesto más de los mercados populares.

Asimismo, es el caso del actual conflicto suscitado por el pozo gasífero Incahuasi o Casa del Inca, situado en el límite mismo de los departamentos de Santa Cruz y Chuquisaca, donde, de acuerdo con estudios técnicos, este reservorio pertenece en su totalidad a los cruceños, empero, como dicha discusión está visiblemente azuzada por intereses políticos, este reclamo se ha convertido en un pandemónium que amenaza hacer saltar por los aires la dulce paz que reinaba entre ambos departamentos hermanos, imitando a lo ocurrido con el añejo conflicto de la sede capitalina, que dio paso a un ocioso enfrentamiento entre Chuquisaca y La Paz.

Pero, como han quedado las cosas, no es de extrañar el recrudecimiento de ese conflicto, cuando se trate de capitalizar votos para una reelección ilegal y perdida. Empero, como se nos ha demostrado hasta hoy, con el manejo de estas desavenencias, los fautores son capaces de eso y más. El colmo: llegar al remate de la Casa del Inca.

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