OPINIÓN    

Democracia es fortaleza de la libertad y la justicia

Armando Mariaca

El 10 de octubre de 1982 marca el reinicio de la Democracia en nuestro país, sistema de gobierno más perfecto y medio más conveniente para la vida de los pueblos. Democracia es sinónimo de libertad y justicia que se complementan en la vida del ser humano, y son, de todas maneras, medios y formas de cumplir con Dios, la familia y la patria.

Al rememorarse el 36 aniversario del reingreso al sistema democrático, sólo corresponde reiterar la voluntad para conservarla pese a los muchos peligros que pueden cernirse sobre ella. Vivir en democracia es tener conciencia de que solamente el amar y sentir al bien común puede dar sitio al cumplimiento de la Constitución Política del Estado y las leyes, y, por ello, servir y amar al pueblo debe ser siempre el objetivo supremo de gobernantes y gobernados pero cuidando la justicia y la libertad, condiciones sin las cuales no puede haber democracia.

La vida diaria del país muestra caminos por los cuales se comprueba que no puede haber democracia sin el ejercicio de la libertad y no puede haber justicia sin tener conciencia de los derechos del pueblo porque cuando los objetivos de la democracia se desvirtúan, se traiciona los derechos del pueblo. Democracia es, pues, ejercerla con la práctica de virtudes que se hagan valores y principios que nada ni nadie puede destruir o menoscabar.

Uno de los principios de la democracia que se resume en la libertad de expresión, es el convencimiento de que es también la libertad de pensamiento o comunicación que no es sólo propiedad de los periodistas ni de quienes poseen medios o de quienes tienen poder político, social o económico; es propiedad del pueblo conforme a los mandatos de la Constitución porque la libertad de expresión es propia de todo ser humano y nadie, por poder que tenga, puede coartar, limitar, regular, controlar, fiscalizar esa libertad, expresión de todas las libertades, que es como el viento que es parte esencial de la naturaleza.

La democracia es el ejercicio libre de políticas partidistas que, se entiende, en cualquier partido político debe primar sobre todo la libertad y, por ello, deben existir discrepancias, criterios contrapuestos, diferencias y posiciones contrarias sobre todos los asuntos de interés del país, por lo que no corresponde las posiciones extremas que supongan, en algún momento, la división, el resentimiento, que, a la corta o a la larga, dan lugar a revanchismos, rencores y odios que, muchas veces, no sólo dañan a la agrupación política sino traspasan sus límites y dañan a toda la colectividad.

La democracia no debe ni puede ser en la forma como es entendida y practicada por el comunismo y por regímenes tiránicos donde con gran dramatismo se ha demostrado ampliamente las “bondades” del régimen de la democracia comunista que, en el entender tan adulterado de lo que significa “gobierno del pueblo para el pueblo”, se ha convertido en “gobierno de la fuerza contra el pueblo” como instrumento para sostener sus puntos de vista, su fanatismo, su culto a la personalidad, su populismo y anarquía y, sobre todo, su hegemonía donde nadie tenga algo que alegar, donde los derechos más elementales se han perdido y, fundamentalmente, donde el hombre es considerado un elemento de servicio al Estado, con pocos derechos y muchas obligaciones hasta el extremo de que su voluntad debe ser reflejo de lo que el partido gobernante quiera o decida; caso contrario, será la fuerza la que imponga cumplimientos que, en libertad sería imposible cumplir.

Es necesario que ahora, la política partidista se una en aras de políticas, sentimientos, ideales y conveniencias de todo el país teniendo en cuenta que servir a la democracia es amar al pueblo; pero, servirlo y amarlo en parámetros de independencia y ejercicio de la institucionalidad; lo contrario es dependencia que avergüenza y mancilla.

Los treinta y seis años vividos en democracia es un reto para perfeccionarla y hacerla más apta y acorde con los intereses generales de la nación pero en unidad y concordia, sin odios ni resentimientos y menos complejos y posiciones contrarias al bien común que, en definitiva, es el pueblo mismo.

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