Nuevos Horizontes    

(Continuación)

Arami la jaguar

Yuri Mirko Ríos Madariaga



La felina manchada exploraba su hogar. Sus pasos eran lentos, pero seguros. Su piel se impregnaba con el rocío de las hojas. El telón blancuzco de la neblina se disipaba con la aproximación del medio día. Los senderos a manera de galerías enmarañadas se bifurcaban en un sinfín de direcciones. Manechis y marimonos encontraban el refugio ideal en la copa de los ambaibos. Arami los miraba con emoción. “Quién como ellos”, decía. Un árbol de tronco macizo y con salientes perpendiculares en su base a manera de aletas de cohete interrumpió su marcha, quedó pasmada. Se sentía diminuta e indefensa ante ese ser monumental, imponente. Enfrente tenía al mapajo, el celoso “guardián del monte”.

Con sorpresa y mucho agrado vio a los últimos grandes mamíferos sudamericanos. Como salidos de una dimensión paralela reaparecían espectacularmente, aunque no en la abundancia que deseaba. Tres urinas, un par de antas, un oso bandera, dos meleros, ocho taitetúes y un escurridizo ciervo de los pantanos. Efectuaba un recuento mental de lo descubierto ¡Ah! pero no tomaba en cuenta a los diez capibaras y al pejichi que cazó (por necesidad) en la última noche.

Toda esa fauna constituía, según ella, el soplo de vida del conjunto de ecosistemas y pisos ecológicos del TIPNIS, desde las últimas estribaciones de la cordillera Oriental de los Andes hasta la confluencia de los ríos Isiboro y Sécure. Estaba en lo correcto, pero se le olvidaba agregar que todavía es la región más húmeda del país. De hecho, sus bosques “llaman a las lluvias”. En consecuencia, tanto la cuenca del Amazonas como los valles mesotérmicos de Cochabamba y el frío altiplano se benefician del líquido elemento en cada verano austral. Un ciclo antiquísimo que el hombre está alterando con sus actividades en pos del “progreso”.

La curiosidad la “mataba”. Arami ansiaba conocer al otro gran felino de América. Rara vez era visto en esos parajes, prefería la montaña. También era solitario y bastante territorial. “El puma es un rival de cuidado”, le advirtió su mamá. “Me topé casualmente con él en las nacientes del río Chimoré, cuando tu hermano y tú aún crecían en mi vientre. Para ser sincera, no quería hacerle frente, pero era inevitable. Competíamos por las mismas presas. Mientras lo desafiaba con la mirada, mis pupilas se retraían con el más leve movimiento suyo. Para intimidarlo le mostré mis colmillos, pero él también me mostró los suyos”. Luego añadió: “sabía que él me temía, me veía fuerte y corpulenta. No lo niego, yo también le temía, pues era ágil e intrépido. Caminamos en círculos sin perdernos de vista. En ese momento no pensaba en retroceder, mas no me atrevía a dar el primer zarpazo, él tampoco. Sin pensarlo, como de mutuo acuerdo y antes de que empezara el duelo que hubiera sido fatal para uno de los dos, volteamos y despavoridos nos adentramos en el monte”.

En enero de 2018, el Registro Federal Norteamericano anunció oficialmente la extinción del puma del este de los Estados Unidos. No se lo avistó desde 1938. El arribo de los primeros colonos marcó el principio del fin para esta subespecie de puma. Sus extensos territorios le fueron despojados sin consideración. Fue perseguido sin tregua principalmente por amenazar al ganado. “Igual que un montón de especies, no pudo sortear la muralla infranqueable del hombre en su lucha por sobrevivir, pese a que era más adaptable que yo”, expresó Arami.

Las grandes civilizaciones precolombinas del Nuevo Mundo admiraron, respetaron y veneraron al jaguar y al puma por su temple, fuerza y valentía. Hay muchas evidencias.

Continuará…

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