EDITORIAL    

El Estado benefactor y la cuarentena



La cuarentena decretada contra la pandemia por el gobierno provisional ha revelado una serie de aspectos sociales que estaban sumergidos en el quehacer diario de la población y encubiertos por la atención en asuntos cotidianos, entre ellos los de carácter político. Uno de ellos, la notable influencia que ha adquirido el Estado en relación con la población, aspecto de notable interés para conocer el nivel de la intervención estatal en la vida política del país.

Abordando el tema sin rodeos, se observa que, por un lado, el Estado ha asumido de manera casi absoluta la lucha contra la pandemia y que, entre otros aspectos, sus recursos económicos, militares, políticos, etc. los utiliza de manera intensa y exclusiva, sin control o fiscalización, mientras, por otro, ha relegado al último grado de importancia e interés la participación del pueblo, convertido en esa forma en una especie de marioneta que cumple incondicionalmente las instrucciones que le dicta el consueta.

En efecto, el Estado ha asumido en últimos tiempos el control y manejo casi absoluto de las formas y niveles de la totalidad de instituciones públicas y privadas (policía, ejército, instituciones culturales, sindicales, empresariales, etc.) así como diversos mecanismos, como ser la dirección económica del país, negocios, medios de comunicación, recursos humanos y otros.

Esos aspectos que estaban sumergidos, son comprobados en particular con motivo de la aplicación de la cuarentena. El Estado declara y hace cumplir por la fuerza sus medidas, como obligar a la ciudadanía a “encuartelarse” en sus viviendas, no circular por las calles y otros. También le otorga bonos, reparte alimentos, dicta disposiciones bancarias, subvenciona a pequeños empresarios, por contar solo algunos casos.

En esa forma, el Estado controla todos los mecanismos económicos del país, desde la producción hasta el consumo, pasando por la distribución y comercialización de los productos y ni qué se diga del control de precios, calidad o cantidad.

El Estado ha invadido la vida íntima de los individuos, es decir que ha adoptado una función paternal total, por lo menos en lo que se refiere a asuntos de privacidad individual, vale decir condiciones que nunca o apenas habían existido.

Eso por el lado estatal. Pero, por el lado público, la población ha sido poco menos que obligada a esperar la palabra oficial y, por tanto, espera todo del Estado, vive a la espera de los bonos, de la mano piadosa del “papá Estado” con la creencia íntima de que lo más bello del mundo es ganar sin trabajar o a la espera de acudir a las ventanillas de los bancos para cobrar un bono, prebendas, obsequios o bien a las dependencias oficiales para recibir medicinas, alimentos o que el Estado cuide de la salud y proteja a la población de todos sus afecciones, los salve de las epidemias, medidas que son de exclusiva responsabilidad del individuo.

Así, el Estado hace todo para atender a los ciudadanos en forma poco menos que individual, sin que éstos asuman las responsabilidades propias de ellos. En esa forma, mientras el Estado debe hacer todo, la población nada debe hacer, excepto esperar a fin de mes para ir a hacer fila ante la ventanilla de un Banco y gozar de la mano caritativa del Estado que cada vez tiene menos recursos, más responsabilidades, más aún cuando en el presente el país no recibe ingresos y la población ya no produce, pues todo se importa, llega por contrabando o se espera como donación.

En esa forma, el Estado ha aprendido mecanismos de dominio directo e indirecto, mientras el pueblo ha perdido el sentido de autodefensa, la iniciativa, el ingenio creador y, en general, el nivel de las fuerzas productivas ha caído casi a cero, lo que se sintetizaría en una fórmula de dos conceptos: Menos gobierno, más libertad.