HISTORIA    

UBICACIÓN DE EL DIARIO



Las oficinas de EL DIARIO estaban ubicadas en su fundación en la calle Illimani No. 5, donde actualmente se encuentra el moderno edificio en esa época a la actual plaza Murillo.

LA PLAZA

Siempre según Luis S. Crespo, la Plaza ‘‘16 de Julio'', fue diseñada en 1558 por el alarife Paniagua, siendo corregidor don Ignacio de Aranda. Tenía una superficie de 10.000 metros cuadrados.

En los primeros años de este siglo, la descripción del consagrado escritor mencionado, señala que el costado S.O. de esta plaza estaba ocupado por el Palacio de Gobierno (que se mantiene aún) y la Catedral, que en ese tiempo aún se encontraba en construcción.

El actual Palacio Legislativo, estaba siendo edificado en los predios donde antes se levantaba la Capilla de Nuestra Señora de Loreto, que en principio estuvo a cargo de los religiosos de la Compañía de Jesús, siendo utilizada posteriormente como Seminario y Salón de la Universidad de San Andrés.

También fue recinto de las asambleas parlamentarias que se celebraron en la Paz hasta 1893. Se destaca este lugar por las matanzas del 23 de octubre de 1861 efectuadas en su interior, hecho de sangre que fue ampliamente descrito por Gabriel René Moreno, en su libro “Las matanzas de Yáñez”.

En esta célebre plaza y en el lugar que media entre la pila y la puerta del nuevo Palacio (Legislativo) -señalaba Crespo- fueron ejecutados en 1810, Murillo y los demás protomártires de la independencia sudamericana, Esta plaza ha presenciado todos los episodios de nuestras guerras civiles, habiendo sido atrincherada en 1809, 1811, 1814, 1862, 1865, 1871 y 1898, señalaba el escritor, a cuya memoria se puede agregar aún más datos que ya corresponden a las convulsiones que se produjeron en el transcurso de los 96 años de este siglo.

Ultimamente (1889) -informaba Luis Crespo- a iniciativa del Munícipe Felipe Pinilla ha sido convertida en un suntuoso Parque que fue entregado al público en 1894.

“Consta este parque de ocho jardines de ornamentación de forma triangular, separados unos de otros por otras tantas calles o avenidas de 4 metros de ancho, con pavimentación de lozas; de tres lagos adornados con sus pilas e islas y elegantes juegos de agua, y poblados de pejes o pescaditos de color; de 100 elegantes bancos de madera y fierro para comodidad del público y de una vistosa verja exterior. En el costado N.N.O. se halla el kiosko construido en 1879, y en el costado S.S.O. frente a la Catedral en construcción el “Conservatorio Flores” con sus paredes de vidrio y techumbre de calamina.

“Del centro del parque se destaca imponente la soberbia fuente de mármol blanco rojizo y berenguela, construida en 1852 y estrenada el 17 de julio de 1855. Consta de tres grandes tazas, encima de las que reposa el dios Neptuno armado del tridente; adornan los contornos de la fuente algunas gárgolas primorosamente labradas. El costo de esta obra, que fue ejecutada por el indígena Feliciano Cantuta, fue de 75,528 pesos 4 reales.

“El Parque, en fin, está alumbrado en las noches por cinco poderosos focos de luz eléctrica (arco voltaico), colocados en el centro y en las cuatro esquinas''.

Existían otras plazas, como la “Alonso de Mendoza”, en la que el 15 de julio de 1901, se había colocado la primera piedra del monumento a Alonso de Mendoza, que existe ahora. La de “San Francisco”; la “Plaza de la Ley”; la Plazoleta Murillo; la Plazoleta del Teatro; la Plaza de San Pedro; la Plazuela de Caja del Agua; la Plaza de la Concordia; la Plazoleta Alexander.

El río Choqueyapu que prácticamente dividía la ciudad, estaba atravesado por ocho puentes, así como los otros ríos locales.

DESCRIPCION DE LA CIUDAD

Recurrimos a un testimonio, de cómo era la ciudad de La Paz a finales del pasado siglo y principios del presente, la misma que la hace José Aguirre Achá en su obra “De los Andes al Amazonas, recuerdos de la campaña del Acre”.

Decía: “En la elevada ceja, a más de 500 metros sobre el nivel de la Ciudad, teniendo a nuestras espaldas la desierta meseta en cuyos horizontes juega el espejismo con la ávida mirada del viajero, se destacaban nuestras siluetas solitarias, con el profundo silencio de una meditación melancólica.

La luz crepuscular iluminaba el Illimani, que, con un vago tinte violáceo, ostentaba su blanco busto, dominando el desordenado conjunto de colinas y caprichosos farellones, que se alzan como bastidores de un escenario inmenso, limitando los vallecitos y hondonadas de la profunda y anchurosa cuenca, poblada por 55.000 seres de los que 47.695 corresponden a la Ciudad.

¡Qué sublime desorden se presentaba a nuestra vista!. Mudo y abandonado campo de batalla donde dos elementos poderosos de la naturaleza habían medido sus colosales fuerzas: El fuego, que estremece el corazón del planeta, levantó con ímpetu soberbio hasta las nubes las cimas de los Andes; y el agua fue desmoronando las alturas y abrió profundas gargantas socavando la planicie. El Illimani, el Mururata, el Guaina Potosí y más allá, casi perdido en el horizonte nebuloso, el Illampu, hierguen sus altaneras cabezas envejecidas por la nieve eterna, semejando las atrevidas almenas de una muralla sublime, la Cordillera!. En tanto que se abren las profundas concavidades por donde se desbordó el mar del Altiplano hacia el oriente, desgarrando las capas sedimentarias de la tierra, hasta descubrir en sus ignotos senos el granito, sobre el que hoy resbalan las espumosas quebradas que alimenta la nieve de las cumbres.

La ciudad, extendida en el espacio más grande que abren las gredosas prominencias estrechando los alejados barrios, se ostentaba a la sombra proyectada por el Alto, con los rosados techos de sus casas coronadas por los blancos campanarios de los templos.

Las calles rectas en el centro de la población, e irregulares en los alrededores, limitan las manzanas, resaltando el menudo empedrado de las que la cruzan de Este a Oeste y la multicolor pintura de las paredes de las casas en las transversales.

Verdes sembradíos y grupos de eucaliptus, matizan las cavidades del valle; y, dentro de la ciudad, ordenadas hileras de árboles diversos, indican la situación del “Parque 16 de Julio”, el Prado, la “Avenida 12 de Diciembre”, la calle Ancha y otros lugares de paseo.

Todo este conjunto semeja un tablero de ajedrez destrozado en la concavidad de un barranco cubierto de césped.

“Separado por una pequeña cadena de oteros, se extiende hacia el Este el valle de Potopoto, por donde corre el Chuquiaguillo hasta echarse en el Chuquiapo. Risueñas casas de campo diseminadas en él, resaltan en el verdor de los sembradíos y huertas, como ovejas que pastan en un aprisco natural, rodeado por abruptos barrancos.

“Hacia el Sud se estrecha la cuenca confluyendo ambos ríos para seguir su curso hacia las faldas del Illimani, entre el desordenado laberinto de caprichosas prominencias, que, más abajo, abarcan ya una anchurosa extensión, convertidas en azuladas y negruscas serranías.

“La Villa de Obrajes ostenta sus agrupadas quintas a poca distancia de la confluencia del Chuquiapo y el Chuquiaguillo, en un claro que se abre a la margen izquierda de la quebrada. Su plaza cubierta de una vegetación espesa, y su única calle, se divisan desde el Alto.

“Acá y allá, afectando figuras geométricas irregulares, multitud de cercados y plantaciones diversas, bordan los alrededores de la Ciudad, que, incrustada en el centro, reposa tranquila, velada por el majestuoso Illimani.

“La torre del Loreto, donde se encuentra el reloj público, blanquecina y solitaria, domina los edificios que rodean el Parque, y, debido a la irregularidad del terreno, sobresalen los templos con sus campanarios y cúpulas y los altos edificios, con proporciones gigantescas, entre la densa aglomeración de los tejados rojos.

“La Plaza de Toros, coronando la altura gredosa que separa los valles, circular y risueña, domina los barrios del Este, y el Establecimiento de la luz eléctrica, lanzando densas columnas de humo por sus chimeneas, se alza a orillas del río, hacia el Norte de la población. Allá, en el otro extremo, está la Penitenciaría, imitando un castillo artillado, con su pequeño adarve, sus almenas y torreones.

“La Catedral en construcción, con la inmensa mole de granito blanco que forma su base, resalta junto al verde Parque. El templo de los Jesuitas, la Recoleta y más allá San Francisco con su plazoleta llena de materiales de construcción y su puente provisional.

“El Palacio de Gobierno que se destaca en la acera meridional de la Plaza; el “Hotel Central” y el “Continental” en la del Norte. El Teatro y la Merced con sus respectivas plazoletas, a uno y otro lado de la Plaza principal. Acá la Biblioteca y allá el Hospital de varones. Los cuarteles, los edificios públicos, etc. Muy próximo a nosotros el panteón aislado y silencioso con su gran portada de granito, sus mausoleos de mármol y las ordenadas hileras de sus nichos distribuidos en simétricos cuadros.

“La calle del “Comercio” y la del “Mercado”, únicas planas de la Ciudad y, paralelas a ellas, las de “Ingavi”, “Chirinos”, el “Recreo” y otras, se distinguen en toda su extensión con sus bonitos edificios.

“Acá el barrio de Challapampa con la plaza de San Sebastián y la “Calle Ancha” con sus pequeños arbustos. Allá los barrios de San Francisco, Chocata y San Pedro, que parecen formar una población aparte al otro lado del río.

“El Hipódromo, cuya blanca pista resalta en la verdura de los campos del Sud, se distingue claramente junto con las alegres chacarillas situadas en el camino que a él conduce y en la hermosa avenida ‘‘12 de Diciembre´´ que remata bruscamente en San Jorge, para descender a la quebrada con dirección a la Villa de Obrajes”.

José Aguirre escribía sus impresiones en un domingo, antes de partir rumbo al Acre para defender la heredad Patria. Según él, como fondo se escuchaba una banda, seguramente ejecutando la retreta semanal en el paseo del Prado o Alameda, lugar del que la prensa escribía así:

“El último sábado la concurrencia ha sido numerosísima, la mañana bellísima y encantadora. El sol lucía esplendoroso en el cielo azul claro dando vida a las flores. Cuadro brillante, encantador, realzado por el bello sexo cuyos vestidos parecían haber robado sus colores a las flores. La presencia de las señoritas en el Prado hacía que el sexo feo pase horas felices con semblante risueño sin pensar en los problemas de la vida diaria.

La música del Escuadrón Sucre acantonado en Achocalla concurrió a hacer más alegre la mañana con sus tocatas dulces y suaves; agradecemos a su jefe esta demostración al pueblo paceño. En horas como las de ayer la vida pasa ligera y juguetona como el plácido riachuelo cuyo cauce corona las flores exalando su aroma embriagador. Horas felices pasamos ayer porque donde hay música, flores y mujeres está el paraíso. Las mujeres son como mariposas que salen de su larva: brillantes y puras llenado a los hombres de ilusiones. Las cabalgatas han sido lucidas, las corridas de la sortija han estado certeras arrancando justos aplausos”.

En EL DIARIO, el Intendente Municipal, el 12 de noviembre de 1904, hacía esta invitación: “Por orden del señor Inspector de Policía, el Intendente Municipal invita a las familias y al público en general a los paseos matinales que, desde el sábado de la presente semana y hasta el de la primera del mes próximo, tendrán lugar en las avenidas del Prado con la concurrencia de las bandas del Ejército, paseos en los que se obsequiarán elegantes ramilletes de flores a las señoras y señoritas”.

Epoca aquella en que la galantería, la consideración y la elegancia, eran el adorno de nuestros paseos llenos de árboles y flores; lugares propicios para que el poeta haga volar las alas de su imaginación y plasme la belleza y el amor en bellos versos, que después trascendían los salones y los periódicos.

Paseos que querían imitar al perdido Paraíso y no como ahora que se busca que éstos más bien sean una copia de nuestro triste altiplano, sin árboles y sin elegancia, sin fuentes ni bancos, donde solamente la imaginación se llena de tristeza y de soledad.

Tiempos en los que: “Caballero en un macho tordillo y armado de poncho, botas y espuelas roncadoras llegué al pueblo en busca de alojamiento...”, tal como escribía Abel Alarcón, en “De mis humoradas'', en la ya famosa sección de “Palabras Libres” de EL DIARIO, el 14 septiembre de 1905.

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