OPINIÓN    

Invasión a Antofagasta

Domingo Loza Mujica



El 14 de febrero de 1879 fue una fecha funesta. Desde los albores de nuestra independencia, Chile ya codiciaba las riquezas del norte boliviano. Hasta Potosí estaba en la mira ambiciosa del vecino. Con ese propósito, sus avanzadas traspasaron la frontera, ingresando al departamento del Litoral. Comenzaron a explotar subrepticiamente guano y salitre. Con las libras esterlinas obtenidas con esa producción fueron preparados buques blindados en Inglaterra y compraron armas para una guerra de conquista. Quien concretó ese plan fue el canciller chileno Abraham Koenig, quien en 1904 dijo: “Tenemos el Litoral porque vale, que si no valiera…”.

Trabajadores mineros chilenos llegaron a Antofagasta, donde inocentemente fueron acogidos con los brazos abiertos. Muchos llegaron para el laboreo en las minas de plata de Caracoles. La cuña de expansión sería la “Compañía de salitres y ferrocarriles de Antofagasta”, con capitales y administración del país vecino, preparando la invasión. Para cubrir esa intención fundaron la “Liga de Patria”, fuente de información para el asalto.

Un año antes hallaron el pretexto por el impuesto de 10 centavos por quintal de salitre, que con todo derecho impuso Bolivia.

El 26 de diciembre de 1878 llegaba a puerto el buque blindado “Blanco Encalada”, mostrando su poderío para la guerra. Mientras tanto, nuestro Gobierno, desorganizado, enfrentaba las luchas y componendas políticas internas, fratricidas.

Al amanecer del 14 de febrero hubo cañonazos sucesivos desde tres buques de guerra con tropas pertrechadas, que rodearon el puerto de Antofagasta. El siguiente comunicado fue recibido: “Señor Prefecto: el Gobierno de Chile considerando roto el Tratado de 1874, me ordena tomar posesión, con la fuerza de mi mando, del territorio comprendido en el grado 23. A fin de evitar todo accidente desgraciado, espero que usted tomará todas las medidas necesarias, como asimismo sus connacionales. Emilio Sotomayor, Comandante de las fuerzas expedicionarias de Chile”.

El Prefecto boliviano respondió: “Mandado por mi Gobierno a ocupar la Prefectura del Departamento, sólo podré salir de él por la fuerza. Puede usted emplear ésta, que encontrará ciudadanos desarmados, pero dispuestos al sacrificio y al martirio. No hay fuerzas con qué contrarrestar a los tres vapores blindados chilenos, pero no abandonaremos este puerto, sino cuando se consuma la invasión armada. Severino Zapa, Prefecto del Departamento de Cobija”.

El 14 de febrero de 1879 fue un día trágico para Bolivia. Mientras los invasores pasaban revista a sus tropas en la playa, el buque O’Higgins salía a tomar posesión de Mejillones, el Blanco Encalada se posesionaba de Tocopilla y Cobija, y el Cochrane permanecía con las tropas desembarcadas en Antofagasta.

Los forasteros que antes habían sido acogidos y tenían trabajo y se enriquecían con los recursos minerales y del mar, como en una turba arrancaron y ultrajaron el escudo boliviano de la puerta de la Prefectura. La niña Genoveva Ríos, llegando jadeante ante el mástil, rescató la bandera boliviana, llevándola en su pecho, para salvarla del escarnio.

El 14 de febrero es día de luto para la Patria agraviada, porque la injusticia perdura, más que por la soberbia y codicia del invasor, por la politiquería criolla que nos absorbe. De ahí viene la desorganización administrativa, que retrasa el progreso de la nación. En este día de reflexión, pensemos en el resurgimiento de la Patria, en potenciarla para volver al mar. Causa frustración que por falta de salida soberana al Pacífico, dependamos de puertos chilenos, lo que es aprovechado por el vecino para llenarnos de productos, debilitando nuestra economía y afectando a la industria nacional.

“Bolivia, escucha el llamado del mar” es un pregón patriótico difundido por radio Panamericana, que se suma a los artículos cívicos que publica EL DIARIO, expresando nuestra demanda de reivindicación marítima ente el mundo.

¡Antofagasta, nunca te olvidaremos!

Puerto de Guaqui, febrero de 2020.

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