OPINIÓN    

Reducir la deuda externa, ¡ahora o nunca!

Severo Cruz



En tiempos electorales pareciera que estuviera restringido hablar de la deuda externa. Tema que amerita ser debatido, ahora más que nunca, porque es de interés común. Veamos:

Estamos con la soga al cuello. Conminados, en consecuencia, a honrar las amortizaciones e intereses, que sobrepasan los 800 millones de dólares, anuales, por concepto de la deuda externa, que se estima en 11.300 millones de dólares. Ésta fue creciendo, de forma continua, desde el 2008, hasta alcanzar ese monto. El 2006, o el año que se registró el cambio de gobierno, estuvo por muy debajo de los 3.500 millones de dólares. Entre el 2007 y 2014, la época considerada de las vacas gordas, llegó a 6.036 millones de dólares. Y de hoy en adelante no sabemos a cuánto ascenderá. Pero, que ascenderá.

Deuda externa contraída en los últimos catorce años. Inclusive, tal como hemos anotado líneas arriba, durante el auge económico, resultado del extraordinario incremento de los commodities, en el mercado internacional. Lo gobernantes de entonces tenían billetes verdes para gastar a manos llenas. Para derrochar, en elefantes blancos.

Aquella obligación económica, nos referimos obviamente a las amortizaciones e intereses por la deuda externa, debemos cumplir ante nuestros acreedores, como el Fondo Monetario Internacional (FMI), Banco Mundial (BM), Corporación Andina de Fomento (CAF) y otros.

Increíblemente hemos llegado al extremo que cada habitante boliviano resulta ahora deudor de 1.600 dólares por dichos créditos. “La cifra más alta de la historia”, anotaron conocidos economistas. Vivimos, por lo visto, en un país endeudado, hasta las próximas generaciones. Éstas no estarán exentas de arrastrar, la pesada carga de la deuda externa. He ahí el legado que recibieron de quienes decían ser los “salvadores” de la Patria.

Sobre llovido mojado. Bolivia, en circunstancias tan adversas, sobrevive angustiada por el rebrote de la pandemia del coronavirus. Con nosocomios saturados por infectados de ese mal y cadáveres dispersos en las calles de nuestras ciudades. De veras que ha retornado la pesadilla, que nos obligó asumir el confinamiento. La vacuna se deja esperar.

Hasta mientras se tendrá que recurrir a las plantas con propiedades medicinales, que nuestros ancestros, “médicos” nativos, oriundos de una conocida provincia paceña, hicieron pasear, inclusive, por el territorio de la hermana república del Perú. En este país, a propósito, participa el “boliviano”, una alegoría respetuosa sobre aquéllos, en la bonita danza de la Tunantada, munido de sus “milagrosas” hierbas, que curaban el cuerpo y el alma. Interviene codeándose con bellísimas jaujinas, al lado de “príncipes”, de “arrieros tucumanos” y otras figuras. Así se inscribe ese “médico” indígena, en la cultura popular peruana. Quizá fue el más requerido, en tiempos antiquísimos. Se lo evoca de manera simpática. Pero que no se conocía, en esas épocas lejanas, la pandemia del coronavirus, que azota al mundo de hoy, pese que la ciencia y tecnología alcanzaron niveles increíbles.

Y los gobernantes han reiterado, en este contexto, el discurso de la condonación o la inmovilización de la deuda externa. La solicitud ya se debería haber elevado ante las naciones desarrolladas y organismos de financiamiento. Ojalá surta los efectos esperados.

En suma: el objetivo supremo es volcar esfuerzos para reducir, en lo posible, la deuda externa. ¡Ahora o nunca!

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