OPINIÓN    

Buenos proyectos: El desafío supremo de la gobernanza municipal

Valentín Mendoza Quiñonez



“No importa que las tareas terminen a tiempo, lo importante es que el proyecto, en su conjunto, termine a tiempo”. Eliyahu Goldratt.

Goldratt, creador de la Teoría de Restricciones y su herramienta, Cadena Crítica para la gestión de proyectos, afirma que casi nunca un proyecto termina a tiempo, en presupuesto y con las características comprometidas. Es el llamado triángulo de oro que resulta un desafío cumplir. En sus libros describe casos emblemáticos como el Estadio Olímpico de Montreal, que logró terminarse “a tiempo” para las Olimpiadas, pero la obra se entregó sin el techo. O los proyectos militares de la Marina de EEUU, que sí se cumplen a tiempo, sólo que los plazos se modifican muchas veces. En fin, la lista sería larga, lo cierto es que no solo en Bolivia, en el mundo se gestionan mal los proyectos.

Hoy, al calor de las campañas electorales subnacionales, afloran vigorosos pronunciamientos a favor y en contra de proyectos u obras públicas sin considerar algunos elementos fundamentales.

De acuerdo con el Proyect Management Institute (PMI) y su Guía PMBOOK, la biblia en la gestión de proyectos, un proyecto es “un emprendimiento temporario realizado para crear un producto o servicio único”, consiguientemente, comparar proyectos en cuanto costo, plazo y condiciones es ciertamente ingenuo. Nunca un proyecto debe dejar de ser único, nunca se debe generalizar y comparar. Se trata, desde un inicio, de particularizar cada etapa, diseñarlo y ejecutarlo a medida, en rigurosa vinculación con la realidad. De lo contrario puede suceder, especialmente cuando se realizan proyectos en serie, que fallen cálculos porque no se estudiaron las condiciones locales en cuanto topografía, demografía e incluso cultura de la población beneficiaria.

Un proyecto en el norte de Potosí fracasó porque se diseñó sin consideraciones culturales, proyectando una represa sobre un cementerio. Los comunarios, a tiempo de iniciarse las obras, se pusieron al frente de las retroexcavadoras: “No permitiremos que toquen nuestros ancestros”. La medida correctiva propuesta fue trasladar el campo santo, obviamente incrementando sustancialmente los costos, lo que resultó nuevamente ingenuo, la represa no se construyó finalmente.

Ojalá pudiésemos compartir muchos casos similares, pero si al menos es posible seleccionar algunos proyectos memorables, de diferente alcance y dimensión en la ciudad de La Paz, con la finalidad de tomar convicción de la importancia de esta competencia para el cumplimiento de los planes de gobierno municipal que se ponen en consideración de la ciudadanía.

El primero, los Puentes Trillizos que tenían un costo de 14.4 millones de dólares, plazo de ejecución de 818 días y suponía tres puentes construidos con ingeniería de precisión y tecnología de punta.

Ejecutada la obra, según reportes periodísticos, habiendo sido el inicio en julio de 2007 y la entrega en noviembre de 2010, el plazo se extendió en un 40%. En cuanto a costo, la obra concluyó con $us 19,5 millones, 35% más del presupuesto original, pero lo más llamativo, el tercer factor de éxito, las condiciones comprometidas, la obra tuvo una falla técnica grave. Según el concejal Hernán Paredes, “había una diferencia de un metro entre el punto extremo inferior y superior del puente Kantutani, que constataba que ese puente estaba mal hecho". La corrección que se hizo dejó visible una marcada ondulación en la plataforma de ese tramo de la obra, notorio desde donde se lo mire.

El caso de duración indefinida, más de 20 años, lo encontramos en el proyecto apertura de la Calle Juan XXIII, a dos cuadras de la Av. Mariscal Santa Cruz, que si bien mejoró la vialidad en el congestionado Mercado Rodríguez, no concluyó el proyecto debido a que no se expropió parte de un predio en la mitad de la nueva calle, por ello, se comprime la vía de dos carriles a uno sólo, quitando funcionalidad y estética urbana a la obra. La ansiada calle se ha convertido en mingitorio de furtivos parroquianos y basurero. Los vecinos se resignan y conforman, dando por hecho que algunos proyectos en nuestra ciudad son imposibles de concluir con éxito.

Pero entremos en otro proyecto emblemático, el Teleférico de La Paz, que según un reciente artículo de Ronald MacLean, se habría originado, en su diseño el año 1992, avanzó en su fase de licitación con una empresa francesa y cuando estuvo a punto de cerrarse el contrato para el tramo Ceja de El Alto – Cancha Zapata, “la concejal Gaby Candia, que dio un golpe de estado municipal, archivó el proyecto”.

Continúa MacLean y le siguen otros candidatos e interesados en administrar el municipio paceño, criticando el proyecto Mi Teleférico que, a diferencia del anterior, sí llegó a concluirse con éxito, realizando comparaciones sin sentido, en cuanto costo del kilómetro construido y relacionándolo con otros emprendimientos en otros países. Ya lo dijimos, un proyecto por definición es un evento único. En el caso de La Paz, precisamente el primer proyecto de 1992 quedó frustrado, se diga lo que se diga, es un proyecto trunco que seguramente dilapidó muchos millones de bolivianos en los estudios y procesos de licitación, pero por ausencia de competencias para la gobernabilidad, terminó en una frustración para los paceños por pugnas y apetitos personales entre aliados políticos. Qué lamentable recordar los pasanakus en la Alcaldía paceña, fruto de esa impericia para concertar del ejecutivo municipal con su fuente de legitimidad, el Concejo. Si no me equivoco, sólo una, Mónica Medina de los y las alcaldesas que siguieron, no fue procesada por la justicia y no entró a la cárcel. Probablemente porque supo constituir equipos profesionales competentes que permitieron la realización de proyectos relevantes en la ciudad.

Entonces, resulta claro que los ataques a Mi Teleférico son pura demagogia política que parte de un supuesto erróneo, “la población es ingenua y creerá lo que se le diga”. Nada más equivocado, la clave de un proyecto concluido es la percepción de los beneficiarios, son ellos, la ciudadanía, la que da el veredicto final, y como hasta hace poco, nadie cuestionaba la calidad, importancia y perspectivas para la funcionalidad y embellecimiento urbano de Mi Teleférico. Hasta los actores de la oposición lo decían, “es el único proyecto bueno de la gestión del MAS”, es que no había manera de cuestionarlo, al menos hasta que vinieron las elecciones, cuando siempre es posible inventar algún argumento para sacar tajada política, algo también normal y comprensible.

¿Por qué se puede asumir que Mi Teleférico es un buen proyecto? Sencillamente porque cumplió con plazo, presupuesto y calidad comprometida. ¿Cómo lo hizo? Gestionando el proyecto holísticamente, desde el diseño hasta la puesta en marcha y administración del servicio. Aquí vale la alegría (mejor que decir vale la pena), señalar que la gestión pública exige cuatro competencias que deben articularse para lograr resultados exitosos. Primero, planificar desde la perspectiva, expectativa e interés de los ciudadanos, así se diseñan buenos proyectos, contemporáneos en su concepción, apelando a la mejor tecnología y considerando la capacidad económica de la población para la fijación de las tarifas.

Segundo, asegurando capacidad institucional para ejecutar el proyecto exitosamente. Mi Teleférico, también reconocido por todos, ha conformado un equipo técnico multidisciplinario impecable, comprometido y entusiasta. Nos hace sentir en el primer mundo, en las más modernas metrópolis, todos los detalles que agregan valor público al servicio y satisfacción ciudadana son tomados en cuenta y sin dudas cuenta con un liderazgo estratégico indiscutible. Diríamos, a César lo que es de César.

La tercera pata de la gestión la constituye la influencia del proyecto en el entorno, su capacidad de lograr convergencia de intereses y apoyo político, financiero, social e institucional. Otra cualidad expuesta al haber contado con el decidido apoyo del Gobierno Central y a pesar de los disensos políticos, con la adhesión de los gobiernos municipales de La Paz y de El Alto, más de El Alto, pero finalmente se demostró cintura política para negociar con instituciones y actores sociales que en principio veían riesgos para sus sectores en la implementación de esta solución a un problema urbano latente.

Finalmente, pero no menos importante, la configuración de una cultura institucional sólida, que proporcione un perfil de empresa de verdadero servicio público, moderna, efectiva y transparente, sensible ante los menos favorecidos. Creo que esta condición ha sido vital para realizar las aspiraciones de un desarrollo urbano integral, trascendiendo la tarea de transportar gente a la de alegrar la urbe aportando culturalmente, artísticamente y socialmente.

Cumplidos estos cuatro roles, gerente-administrador, innovador-promotor, político-articulador y estadista, el liderazgo con el que contó y cuenta Mi Teleférico, le permite irradiar su experiencia y buenas prácticas para que más proyectos inicien y concluyan con éxito en nuestra ciudad, no sólo en el Municipio, en todo el espectro público, donde la complejidad se agudiza al extremo.

Otro apunte, según el padre de la administración moderna, Peter Drucker, sólo las empresas públicas pueden darse el lujo de exponer pérdidas financieras si a cambio logran satisfacer la demanda social e impactan en el medio ambiente y la convivencia ciudadana. Entonces, también resultan absurdas las críticas que afirman que la tarifa es baja, casi ridícula, que la recuperación de la inversión con esta escala se logrará en cien años. No es cierto, el valor que genera Mi Teleférico trasciende con creces lo meramente económico, es un activo social, ambiental y cultural de gran importancia en sí mismo. Habría que pensarse si calculamos indicadores financieros al estilo empresa privada, la tarifa no sería accesible ni al 20% de la población.

Entonces, gestionar proyectos exige, pues, que la definición política que establece los fines, sea sensible y progresista, reflejo del compromiso ante la sociedad y de sus anhelos de vida plena. De esta manera el diseño contribuirá a contar con lo mejor en términos técnicos y tecnológicos para satisfacer la demanda. También exige una impecable ejecución, que sincronice las tareas y busque el cumplimiento del proyecto como un todo y no de las tareas parciales que buscan óptimos locales que no siempre impactan en los resultados finales. Aquí es vital considerar el concepto de cuello de botella. Cuando una obra, ejemplo, una mejora de una vía que es crucial para el flujo vehicular, es cuello de botella, se deben destinar todos los recursos disponibles, las 24 horas hasta terminar la obra. Por el contrario, es habitual atender obras de emergencia con poco personal y reducido equipo, lo que dilata las soluciones. Deberíamos tener presente que un minuto perdido en el cuello de botella es un minuto perdido en todo el sistema.

El otro factor crucial en la gestión de proyectos es la conducción del talento humano. La gente debe tener convicción de equipo y acendrada sensibilidad social y ambiental. No es fácil sincronizar los esfuerzos de individuos que buscan sus propios intereses, se debe alinear al personal y lograr su adhesión a los fines globales del proyecto, mejorar la calidad de vida de la población, contribuir a una mejor salud y educación, alentar que disfruten de la infraestructura urbana, por ejemplo. Asimismo, los incentivos deben ser sobre todo intrínsecos, ya que los recursos públicos deben manejarse con extremo cuidado y no apelar únicamente a inflacionar las planillas irracionalmente. Recordemos cómo el ex ministro de Obras Públicas, Iván Arias, hoy aspirante a alcalde, justificaba el incremento del salario del señor Elio Montes, Gerente de ENTEL, de Bs.30.000 a Bs.100.000 para luchar contra la corrupción. Que equivocado estuvo el Sr. Arias, este personaje terminó fugando del país precisamente por cometer gigantescas irregularidades.

Hagamos votos, entonces, porque los próximos gestores públicos que lleguen al Gobierno Municipal de la Ciudad de La Paz, tengan la sensibilidad, tino y capacidad para manejar la entidad y los proyectos con un mínimo de coherencia y profesionalismo. Esto no se conseguirá con líderes y colaboradores chacoteros, que juegan con muñequitos y muñequitas, que hablan y prometen sin ningún respaldo técnico. Para lograr las metas ambiciosas que tenemos los paceños, llámese planta de tratamiento de aguas residuales, de residuos sólidos con industrialización de la basura, de promoción de emprendimientos productivos innovadores, de adecuación a los nuevos tiempos de la educación, coordinando con el nivel central el acceso a tecnología, infraestructura y servicios en todas las escuelas, de sensibilizar y apoyar los servicios médicos y, por supuesto, de construir más líneas de teleféricos y sus servicios conexos, es necesario elegir un Alcalde emprendedor, sensible y honesto, que asegure la gobernanza de la gestión con una amplia participación ciudadana, de modo que esta proximidad sea la garantía para hacer las cosas correctas, correctamente.

No perdamos la oportunidad de construir una ciudad a la altura de los y las paceñas, que nos enorgullezca y represente, que seamos una verdadera Ciudad Maravilla, para el mundo, pero sobre todo para sus propios hijos e hijas.

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