OPINIÓN    

¿Se puede desafiar, impunemente, a lo desconocido?

Armando Mariaca



Los embates del coronavirus a la humanidad, la ha colocado en situación débil, inepta y frágil para encarar lo que parecía simple y fácil porque, en el pasado, cercano o lejano, “ya habíamos confrontado dificultades similares o parecidas sin que pase mayormente nada y todo pase como un sueño”. Esta vez, los hechos muestran cuán difícil y problemática es la situación, cuánto se puede encarar lo que viene y cuánto vencer a enemigos inciertos, invisibles, contradictorios e invencibles (vacuna o remedio eficaz y contundente) como han resultado el coronavirus y aliados epidémicos que, parecen estar decididos a librar batallas hasta un final impredecible. Los atacados por el virus suman miles de personas; pero, dicen los escépticos: ¿Y qué significan pocos miles frente a miles de millones de personas que conformamos la población mundial?

Son pocos, poquísimos los afectados y que posiblemente ofrendarán su vida; pero, ¿alguien pensó que esos pocos fueron muestra suficiente para poner de rodillas a todas las naciones del planeta? El virus parecería que desde siempre estaba seguro de ganar actuando con tácticas y técnicas como “llegado de otros mundos”. Nadie había supuesto siquiera la existencia de alguien que pudiese lograr tantas “victorias” con tan pocas batallas; porque, el escepticismo recibe esa respuesta: Pocos han podido contra miles de millones porque habían sido superiores técnica y tácticamente, sin necesidad de ejércitos ni armamento que sean productos de los adelantos científicos más modernos. Para el enemigo común: el coronavirus, bastó que sean un par de millones los afectados para que todos, los miles de millones caigan derrotados, sacrificados inmisericordemente. Todo muestra que se está presenciando un cuadro de fantasías contrario a cualquier razonamiento lógico; pero la realidad se impone y la humanidad, indemne, se ve enfrascada en una batalla muy difícil de enfrentar.

La situación resulta trágica e incomprensible pese a todos los esfuerzos científicos que se realizan aunque con la certeza de solamente encontrar alguna vacuna que en todo caso servirá para quienes aún no fueron atacados por el mal y no tendrá efecto alguno en quienes ya sufren el contagio. Mientras se encuentren los remedios efectivos que ataquen contundentemente al mal, muchos de los afectados perderán la vida irremisiblemente; en otros términos, la tragedia tiene tiempo por delante para causar muchas víctimas que, según los científicos, sumarán muchos miles.

Existe el convencimiento de que mientras la enfermedad tome más cuerpo, mayores serán las víctimas y la única forma de contrarrestar su letal accionar es seguir con cuarentenas que eviten más contagios y, para ello, sólo depende de cada uno que tome las previsiones y cuidados necesarios; que haya disciplina y responsabilidad en todos los habitantes; que prevalezcan las virtudes de caridad, solidaridad y amor en la población para ayudar, colaborar con quienes sufren y necesitan paliar no solamente el hambre y necesidades sino que entiendan que de cada uno depende la solución del grave problema y, lo más importante, que los países ricos y desarrollados actúen en conjunción con los pobres y necesitados con miras a encontrar soluciones, introducir cambios en las políticas sociales y económicas deponiendo lo que hasta ahora ha dividido y hasta sojuzgado a la humanidad, la soberbia.

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