OPINIÓN    

Palabras y números como instrumentos para influir sobre el poder

Rolando Coteja Mollo



Al igual que muchos otros nuevos Estados independientes que se formaron en las ex colonias españolas de América Latina, Bolivia emergió marcada por el predominio de los medios violentos sobre otras herramientas de la lucha política, como las palabras (leyes) y los números (sufragio).

Esto produjo la utilización de armas y otros instrumentos violentos en la lucha por el poder político entre actores, especialmente caudillos militares. Los grupos que aspiraban a influir sobre el poder político, afectar y ocupar, utilizaron determinados mecanismos como armas, bajo distintas modalidades, siendo las más frecuentes, las asonadas militares, las conspiraciones civiles, la guerra civil y el golpe de Estado.

En este escenario, los números, bajo la forma de elecciones y las palabras vía debates y leyes, no tuvieron mayor relevancia en la política y/o estuvieron subordinados a los medios violentos.

Alguna vez, Karl Popper decía con justa razón, que empleaba la palabra para hacer “la política” en vez del machete, la espada o la ojiva y de esa forma se evitaba la violencia.

El predominio de los militares se observó básicamente en la sucesión de Presidentes de origen militar, que determinó a su vez la imposición de la organización armada sobre las instituciones civiles como el Parlamento y el Sistema Judicial.

Entre 1826 y 1880, en el país se estableció una fuerza dominante de los militares sobre los civiles, o sea, del ejército sobre las instituciones civiles como el Parlamento, este hecho es la expresión del uso de las armas como los instrumentos más importantes en la lucha por el poder político.

Las instituciones judiciales estuvieron afectadas por la inestabilidad y tuvo escasas posibilidades de constituirse en una entidad independiente e imparcial, frente a los influjos del poder ejercido por caudillos militares que permanecieron en el ejecutivo durante largos años.

El Poder Judicial no fue considerado como un verdadero poder del Estado, pese a que las Constituciones hacían mención a la división de poderes, empero, en la práctica seguía dependiendo del Poder Ejecutivo.

Según el constitucionalista Félix Trigo, a partir de 1855 la Corte Suprema logra su verdadera organización, donde se desvincula del favor político, para convertirse en una institución independiente. No obstante, entre 1855 y 1880, los militares continuaron ejerciendo su influjo político sobre los civiles, situándose por encima de las instituciones legislativas y judiciales.

Entre 1880 y 1935 se sucedieron gobiernos elegidos democráticamente, aunque bajo un sistema electoral censitario (sufragio restringido). En ese periodo, las instituciones civiles como el Poder Legislativo y el Judicial fueron estables y funcionaron normalmente, según lo establecido por la Constitución Política del Estado. Se dieron condiciones favorables para la vigencia y el desarrollo institucional, por un lado, los actores políticos utilizaron las herramientas numéricas y las palabras, como los principales instrumentos para influir sobre el poder, y, por otro, los militares se subordinaron al poder político de los civiles.

Sin embargo, la estabilidad de las instituciones civiles se interrumpió con la intervención de los militares en la política, lo que debilitó tanto al Poder Legislativo como al Judicial, que se prolongó desde finales de la Guerra del Chaco, desde 1935 hasta 1982, momento en el que los militares regresaron a sus cuarteles y los civiles iniciaron un periodo democrático. La democracia se mantiene hasta el día de hoy, pese a que su desarrollo no ha sido lineal ni simétrico, muchas veces ha sido a borbotones, con sobresaltos, como lo acontecido en los últimos meses del año.

Se deja de lado (en cierta forma) la violencia para dar lugar a la deliberación, no por nada Aristóteles explicaba que el hombre y el animal por naturaleza son seres sociales “zoon politikón”, empero, solo el hombre es político, es quien tiene la capacidad de hablar y que no hay necesidad de hacer uso de la fuerza.

Pese a las diferencias o las desigualdades todavía subyacentes, la democracia (al final de cuentas) es la mejor forma de gobierno, en la cual, el poder es ejercido por el pueblo en su conjunto, a través de ciertos mecanismos de participación y también donde se patentiza la división de poderes.

A propósito, Hannah Arendt manifestaba alguna vez que en política, ergo en democracia se trata del estar juntos, los unos con los otros (aun siendo) diversos.

El autor es Politólogo – Abogado, Docente Unifranz.

rolincoteja@gmail.com

MÁS TITULARES DE OPINIÓN