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Las rondas sobre Venezuela

Harold Olmos



La crisis venezolana ha ingresado a un nuevo circuito y esta vez desde Noruega se baraja opciones capaces de llevar la paz a la patria de Bolívar y Sucre.

Qué de nuevo pueda salir de esta ronda es desconocido incluso para los diplomáticos. Y También es imprevisible. En las dos décadas que lleva el “Chavismo” en el gobierno se ha intentado todas las fórmulas imaginables, pero el final siempre se ha mostrado elusivo, pues lo que está planteado en la mesa de apuestas es demasiado grande para ser resuelto pacíficamente: todo un sistema que se percibe como sustituto del soviético, gulags incluidos.

Muchos de los líderes opositores, antes frente a Chávez y ahora con mayor ímpetu frente a Maduro, han tenido como meta final apartar al chavismo y retroceder el reloj, una meta quimérica que minimiza los desmanes cometidos en décadas por los gobiernos socialdemócratas y socialcristianos. La confrontación, condimentada con una presencia cubana masiva y más recientemente la avalancha rusa y china, convirtió a ese país, al que poco le faltaba para ser feliz, en un feroz campo de batalla. Llegar a este desenlace pudo haber sido evitado con apenas un poco de sensatez.

La sensación, no siempre irreal, de que los dirigentes políticos eran deshonestos y se apropiaban de los recursos públicos a manos llenas, por lo general vía sobreprecios pagados por el Estado, cundió en la última década del siglo pasado, cuando el descontento tuvo manifestaciones diarias en las calles y se asentó en el sentimiento de que la forma de ascender social y económicamente llevaba, en un gran número de casos, la marca de la deshonestidad.

La mayor confirmación de este aserto provino de un presidente de la república (era de Acción Democrática) cuando dijo que quienes pagaban impuestos en Venezuela eran los “gafos”. O sea que quienes cumplían sus obligaciones con el fisco eran unos retardados frente a los “vivos” que no la hacían. La frase causó indignación entre los gafos honestos y con certeza deber haber servido de abono para futuras tropelías. Fue en el oleaje de la indignación que prevalecía entre los venezolanos con sus líderes, por las penurias en las que muchos vivían pese a las inmensas riquezas del país, que ascendió Hugo Chávez.

Cuando en una sociedad prevalece la percepción de que los líderes se enriquecen robando, de que servir al Estado es para llenarse los bolsillos en cuanto hay oportunidad, que hay que buscar contratos con el Estado para sacarse la lotería, los cimientos del orden vigente se quiebran y el sistema se hunde, por más cambios que los dirigentes aseguren que han propiciado. Un dicho caribeño parecía regir el comportamiento de muchos: “No pido que me den sino que me pongan donde hay”.

La búsqueda de correcciones para ese comportamiento ha resultado en desastres mayores. El ejemplo de Venezuela es más que didáctico y permanecerá a lo largo de generaciones. A título de “cambio” los dirigentes impusieron un sistema policíaco de opresión, copiado del que 60 años antes se había instalado en Cuba, a su vez inspirado en el de los soviéticos de hace un siglo. Ahora huyen de la posibilidad de elecciones imparciales, pues saben que las perderán. Las encuestas que llegan de Caracas muestran que el apoyo real a Nicolás Maduro está entre el 8 y 9 por ciento, algo ridículo. Por eso se entiende que todas las gestiones de mediación tengan como punto central las elecciones generales.

Las aproximaciones en curso en Oslo, la capital Noruega, tienen a las elecciones como punto central. No se conoce detalles significativos de esos contactos, pero sí que están involucrados tanto la oposición como representantes de Maduro, y que el nudo gordiano es apartar del gobierno al ex conductor de omnibuses educado en Cuba y encaminar al país con la elección de nuevos líderes. No parece existir una formula diferente que preserve al régimen.

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