OPINIÓN    

Las están matando de una en una

David Foronda



Los asesinatos de mujeres, ya sea a manos de sus convivientes, delincuentes violadores, u otros oscuros personajes, en estas latitudes ocurren cual reguero de pólvora. Así, nuestro país se convierte en uno de los más peligrosos para toda fémina. Difundidos en los noticieros radiofónicos, televisivos, y publicados en los medios impresos, exteriorizan actitudes desquiciadas, insania mental, se dice propia de psicópatas que, fatídicamente, merodean en las vías públicas de las urbes bolivianas, y hacen azarosa la convivencia de la misma sociedad, por cuanto no se puede saber en qué momento esos ya enfermos mentales habrán de atentar contra cualquier mujer. Se puede afirmar que al paso de todo lo que acontece ellas sobrellevan su existencia con “el Jesús en la boca”, debido a la inseguridad convertida en el talón de Aquiles de una humanidad que se falla a sí misma por su carencia de conmiseración, en este y otros casos.

“Qué vamos a hacer, nos están matando de una en una, creo que nos quieren exterminar, hacernos desaparecer a las mujeres”, clamó alarmada cierta joven al enterarse de que otra había sido ejecutada sanguinariamente con decenas de puñaladas, hecho pavoroso que se repite con frecuencia y pone los cabellos de punta. Todos inquieren sobre por qué suceden tales bárbaros actos y qué fórmula se tendría que aplicar para frenar la violencia anti femenina que ya se constituye en el flagelo del Siglo XXI. Y aunque a partir del año 2013 ese tipo de crímenes fueron tipificados como “feminicidio” -Ley 348-, al ser promulgada con bombos y platillos por las autoridades de entonces, se llegó a escuchar la demagógica afirmación: “con esta ley nunca más habrá feminicidio en Bolivia”.

Aunque, lo dijimos, no todo se trata de aplicar ley tras ley, que las hay para todo y contra todos, sino de la urgente necesidad de profundizar la educación, pues deplorablemente el maltrato hacia las mujeres comienza en el seno del propio hogar. No otra cosa significa el dejar y permitir que sólo ella sea la que deba ocuparse de los menesteres hogareños, casi siempre sin la ayuda o colaboración del “jefe” de familia, e hijos, no estando por demás echar en cara que cumplen múltiples labores: cocineras, lavanderas, barredoras, costureras, enfermeras, psicólogas, porteras, en suma empleadas del hogar cama adentro.

Y hasta tienen que salir a trabajar fuera en diversos menesteres, al margen de otras obligaciones que demanda el matrimonio. Ni siquiera el sueldo de algún ocioso diputado o senador sería el adecuado para pagarles por esas intensas labores cotidianas. En las áreas rurales era frecuente enviar a los niños a la escuela, pero no a las niñas, bajo el argumento: “ellas tienen que ayudar en las tareas domésticas, son mujercitas”.

A todo ello se suma la acción machista, inclusive desde las altas esferas de gobierno, como en el pasado reciente, con dichos y los mal llamados chistes o bromas “carnavaleras”, a más de otras actitudes que chocaban con el respeto y consideración que se debe guardar a la mujer. “Cuando veo a las mujeres con sus barriguitas crecidas les digo que como presidente he cumplido con ellas; yo les bajo los calzones a mis ministras”, entre otras expresiones burdas y toscas, antes eran frecuentes. Se puede afirmar que esos “ejemplos” soeces y fuera de lugar constituyeron muestras malsanas para todos aquellos mandos de subordinados de entes estatales, y la misma población en general, sucediendo una serie de atentados, acosos, y abusos contra funcionarias estatales, muchos de los que simplemente, debido a las denuncias, acababan con el despido de las mismas.

A ello se suma el accionar de hordas de trata y tráfico de personas, sobre todo mujeres, siendo esclavistas contemporáneos a los que, al parecer, no les hace mella la justicia y la policía. “Menos que hay en el país una mujer de presidente y algo se podrá hacer frente a esa pesadilla”, expresó alguna gente.

Como están las cosas, da la impresión de que esos desadaptados de verdad quisieran matarlas, asesinarlas, de una en una. Para frenar esa arremetida de violencia, reitero que muchos creen que sólo en base a la profundización de la educación, la puesta en práctica de una verdadera equidad de género, el amor, cariño, respeto a la mamá desde el hogar, y otras acciones complementarias, se podría poner coto a semejantes bárbaros hechos. Aunque en el fondo, habrá que ver si el ser humano puede cambiar.

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