OPINIÓN    

Hablando de programas electorales

Ramiro H. Loza Calderón



El oficialismo pregona tener programa de gobierno a diferencia de los partidos políticos o candidaturas opositoras que no lo tienen. El supuesto programa oficialista se reduce a unos pocos enunciados de políticas de gestión, carentes del cómo se ejecutarán y cuál su costo- beneficio. Para cualquier ciudadano boliviano no es novedad lo ofrecido a título de programa por el MAS. La simplicidad de tal contenido, pese a los 13 años ininterrumpidos de Gobierno por la misma formación política, no parece reflejar la lucidez de estadistas, como sería de esperar.

Entre las ofertas en cuestión, tenemos: salud sobre la base de decenas de hospitales no construidos, educación, igualdad de género, industrialización, revolución de la justicia y algo más. Varias de las obras públicas ejecutadas al momento han devenido en frustraciones, derroche o mala inversión. La proliferación de leyes sobre diversos tópicos o repiten la legislación anterior o son confusas y se mantienen al aire por falta de recursos de implementación. Carreteras mal ejecutadas, han tardado más en inaugurarse que en un prematuro deterioro, o han sido abandonadas por los contratistas. Refinerías faraónicas o plantas de producción sobredimensionadas y sin mercados, etc. Su comunicación se ha hecho dificultosa y alguna colgada por ferrocarriles incumplidos. Una falta de adecuada previsión y planificación programática está a la vista.

Poco parece haberle preocupado al Gobierno la utilidad, eficiencia y durabilidad de las obras, anteponiendo y priorizando una finalidad propagandística, que deja atrás supuestas expectativas desarrollistas. En su frenético empeño, trata de impresionar mediante la continua entrega de obras. La llegada al poder del partido oficial ha tenido la fortuna de coincidir con las altas cotizaciones internacionales de las materias primas, billetera llena -por decirlo así- que le ha permitido financiar algunos emprendimientos, surgidos gracias a la abundancia financiera y de ningún modo por un incremento productivo significativo del país. Pese a esto, ha emprendido un cuantioso endeudamiento fiscal, que le hacen vituperar la ejecución de un programa de gobierno.

La inversión pública podía haberse aplicado a verdaderos proyectos rentables de beneficio colectivo o bien volcarse a los enormes e insatisfechos requerimientos de salud y otros asistenciales hacia sectores postergados y discriminados como la vejez, la indigencia y la niñez desamparada. En cambio se viene distrayendo valiosos recursos en superfluos e improductivos gastos de promoción política electoral, como canchas, sedes sociales y obsequios de halago y de favor. Al Gobierno le ocurre como alguien que por un acto de suerte, de pronto tiene los bolsillos llenos y gasta sin concierto, sin pensar en el siempre incierto mañana. A ello contribuyen algunos tecnócratas que en actitud mercenaria venden proyectos supuestamente novedosos, con los que encandilan al Gobierno, que no tarda en adoptarlos como propios.

Si en algo hemos de dar razón al oficialismo, es en que no se vislumbra programas de gobierno de los candidatos opositores. No se puede concebir candidato sin programa y planes de gobierno, complementado por el debate, sin embargo lo vemos abolido en los distintos procesos electorales. Las postulaciones programáticas opositoras tardan demasiado para el gusto de la opinión pública, restándoles claridad y competitividad. Esperemos que, por fin, puedan superar las presuntas propuestas del MAS, orientando las realidades de una sociedad al presente carente de metas y objetivos. La amenaza prorroguista -cada vez más incisiva- dice tener una Agenda o Plan hasta el 2030. Se ve que tira para largo el voluntarismo impuesto en estos 13 años. Una agenda lejos de ser un programa, se la define como simples anotaciones para recordarlas.

loza_ramiro@hoptmail.com

MÁS TITULARES DE OPINIÓN