EDITORIAL    

Prisión de Lula y fin del populismo



El enjuiciamiento y prisión carcelaria del expresidente brasileño Inácio Lula da Silva, constituye un acontecimiento que va más allá de un hecho personal. En cambio, trasciende los límites individuales y se proyecta no solamente a nivel local, sino también internacional, aunque todavía tendrá repercusiones en nuevos niveles.

A fines del siglo pasado, la política latinoamericana conoció las tesis populistas del llamado Foro de San Pablo, consideradas por sus autores como la fórmula perfecta para realizar el socialismo que no pudo construir el régimen soviético. Ese proyecto utópico tuvo oportunidad de llegar al poder al encontrar caudillos eventuales, gracias a casualidades, pero no por necesidades históricas.

Puesto en práctica ese populismo, se confirmó que buscaba aplicar el sistema socialista sobre las cenizas del desaparecido sistema de las comunidades originarias y sin pasar previamente por la etapa capitalista, experimento que, además, la práctica y la teoría habían demostrado que era un fracaso absoluto. Ese nuevo socialismo fue llamado del Siglo XXI.

En dicho proceso de derecha, uno de los primeros países sobre el que cabalgó ese populismo fue Brasil, cuyo gobierno se empeñó en realizar el utópico proyecto; pero, imposible de realizarlo, fracasó del modo más rotundo y condujo a ese país a una crisis general sin precedentes, por corrupción, etc., pero, principalmente confirmó de hecho que el supuesto proyecto socialista era en realidad antisocialismo, no era capitalismo y menos comunitarismo. No era nada y daba vueltas alrededor de su cola.

El personaje que se encargó de realizar ese sueño metafísico fue Lula, que terminó sentado en el banquillo de los acusados, por el colapso a que condujo a Brasil, sin contar otros delitos por los que se le acusa. Por tanto, que Lula esté tras de rejas, lo menos que significa es su encarcelamiento personal. Lo que en el fondo ese hecho significa es que la “ideología” populista, en vista de su absoluto fracaso, ha merecido la sanción de la historia.

La vida de los pueblos marcha por caminos inexorables y bien pueden algunos gobernantes momentáneamente desviarla de su curso. Pero ese error no puede subsistir indefinidamente, pues la historia se encarga por sí misma de poner a los pueblos en su verdadera senda histórica y enjuiciar a los autores de hacer que sean falsas sus ilusiones.