OPINIÓN    

La cruz del calvario es vida

Augusto Vera Riveros



El Espíritu cuaresmal irrumpe cada día más en los corazones de los cristianos, porque es un tiempo que precede a la Semana Santa y la crucifixión de Cristo. Pero como antes de ese momento, que es el de mayor trascendencia en el Evangelio, Jesús ha transitado tres años intensos por nuestro mundo, en el que no solo fue un Maestro ni fue únicamente un predicador de ideas revolucionarias; empequeñeceríamos su mensaje si lo redujéramos a sus discursos, por importantes que fueran ellos. Lo rebajaríamos si contempláramos solamente sus milagros, si solo hubiera traído luz para nuestras inteligencias o si se hubiera limitado a darnos un ejemplo de amor, que pudiésemos, de lejos, copiar. En Jesús son los hechos, acontecimientos aún más decisivos que sus palabras, pero, sobre todo, el hecho central de su muerte y resurrección.

Todo cristiano debe adquirir plena conciencia de que este es un tiempo para vivirlo intensamente, principalmente porque todo hombre revalida su vida con la muerte de Jesucristo. Al morir, certificamos lo que somos, damos un verdadero sentido a nuestras vidas. Y esto ocurre en progresión inmensurable con la muerte de Jesús, sin la cual su existencia habría sido una más entre la de los hombres.

Nos acercamos, por ello, a las páginas más sagradas de esta vida y de este misterio del Cristo crucificado. Páginas únicas y vertiginosas las del Evangelio, imposibles para cualquier escritor ordinario; hablamos de ese momento culminante, pero también de la pasión que nos hace temblar cuando la leemos. Quien no sienta un sacudón al meditar su significado, no está entendiendo el Mensaje. No se trata, claro, de sentimentalismo ni de averiguar cuánto sufrió el pobre Jesús. El nuevo Testamento no es un libro de records. En él hay más que tal o cual cantidad de dolor; hay mucho más que eso, porque en los Evangelios entra en juego el destino de todo hombre. Solo descalzos podremos acercarnos a esa zarza incombustible.

Y es que la muerte de Jesús no es una anécdota ocurrida en un rincón de las páginas de la historia. Es, si se lee con un átomo de fe, algo que taladra el mundo y el tiempo. Ocurrió,… ocurre. Al fin de cuentas, sigue siendo creíble la aguda intuición de Pascal: “Cristo estará en agonía hasta el fin del mundo. No se debe dormir en esta hora”. Entonces esta hora en la que Cristo muere es nuestra. El viernes santo es hoy. Luego hoy ocurre algo decisivo para todos nosotros, por la persona que “vive” esa muerte, ya que en el Calvario se juega la historia de todos los hombres. Si alguien piensa que decir “la cruz y la gloria” es tautología, es verdad incontestable; porque la cruz es gloria y la gloria es cruz. Jesús no sufrió el viernes para después ser glorificado. ¿O es que acaso la verdadera gloria de todo hombre no está asociada a la cruz? El viernes y el domingo son un único día. Si eso no entendemos, tenemos el alma incompleta.

Somos un pueblo esencialmente creyente, y este tiempo que nos conduce al más grande acontecimiento que la humanidad haya visto, es el mejor, pero no el único, para que tomemos nuestras Biblias y leamos con especial atención toda la pasión y muerte de Jesucristo, no solo con inteligencia o con simple sentimiento del corazón, arriesguémonos a hallar la respuesta correcta; es decir que la Cruz no es el límite entre la vida y la muerte, más vale para el cristiano creer que ese instrumento de la ignominia, Jesús lo convirtió en uno de salvación.

Así, se constituye en la frontera entre la muerte y la vida; por ella somos hombres nuevos y libres. ¡Oh paradoja! También nos libramos de los clavos y las espinas que desangraban nuestras almas. Por la Cruz nimbada volvemos a vivir.

El autor es jurista y escritor.

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