OPINIÓN    

Contra viento y marea

¿Y qué es de la oposición?

Augusto Vera Riveros



Desde esta tribuna y con el tratamiento de diferentes temáticas, con diferentes ópticas lo hice sobre la importancia cardinal de los pesos y contrapesos en democracia; es decir sobre la nocividad en la institucionalidad cuando existe una abrumadora hegemonía de un partido político en la administración del Estado y sus lapidarias consecuencias. Entonces para no redundar en argumentos que no solo justifican la existencia de una oposición sino imponen que ella además sea sólida, concluimos en que la función opositora dentro de un régimen democrático es la de poner límites al gobierno para mantener el equilibrio entre las intenciones de la autoridad y el apego a la legalidad porque el pluralismo y la convivencia en el disenso son presupuestos inexcusables en los gobiernos del pueblo.

Casi acabamos de salir de un gobierno que ha perdurado por casi tres lustros y cuyo último periodo ha sido opacado por una manifiesta ilegalidad, pese a lo que, en términos jurídicos, aunque sin duda autoritario, fue rotulado como legítimo. Fueron precisamente los dos últimos periodos constitucionales, en los que al gobierno del MAS se le confirió el control de la Asamblea Legislativa Plurinacional (ALP) con la cooptación de más de dos tercios de sus asambleístas, lo que ha derivado en un control irrestricto de las funciones parlamentarias.

Con esos antecedentes y las limitaciones que eso significó para la oposición al gobierno, su gestión parlamentaria durante esos últimos años del gobierno de Evo fue casi estéril, pero no hay que desmerecer que, entre la minoritaria bancada opositora de filiación partidaria diversa, hubo –y no pocos- portavoces que hicieron sentir sus cuestionamientos hacia las políticas arbitrarias de un oficialismo inescrupuloso. La voz vehemente de muchos parlamentarios de oposición, determinó que precisamente porque no estaban en el ejercicio del poder, tuvieran que hacerse oír y mediante mecanismos lícitos obligar a la discusión, denunciando, investigando e ilustrando a la opinión pública.

Pero ya cerca de los primeros tres meses de gobierno, la bancada oficialista, parece no haber imaginado hallar un camino más llano como el que transita en su función parlamentaria, y puede resultar en apariencia excesivo, pero sólo aparentemente, pero lo evidente es que tenemos alrededor de 65 legisladores de oposición y no hay uno, uno solo que descuelle por su labor discursiva o de denuncia de hechos que ya han pasado al dominio público gracias a su inaptitud. Y no se habla, por supuesto, de una crítica destructiva, del insulto o de la descalificación inconsistente sino de la discusión ideológica como alternativa de construcción.

A casi un cuarto de año, ni Senadores ni Diputados de la oposición son intérpretes de las angustias que ya tiene el pueblo; de ahí es que, a falta de una oposición idónea y coherente en el Parlamento, se ha formado –de hecho- una amplia oposición crítica, que goza de legitimidad e hizo de las redes sociales su plataforma de encendida contestación ante la tibieza de sus representantes en el mejor escenario político que tiene el sistema democrático. Y es que reconocer fríamente el hecho de que unos mandan y los demás obedecen, supondría someterse a una frivolidad altamente peligrosa, cuando el sistema de mayorías y minorías tiene muchos matices que se encuadran en el sistema democrático.

La mediocridad de los opositores en el parlamento no puede justificarse con la gran mayoría oficialista que tiene al frente, bien que la vehemencia de la crítica se reflejaría en un apoyo de quienes disienten con la política gubernamental. En el caso que hoy tratamos, las limitaciones de práctica parlamentaria hacen presumir que en el bloque opositor se ha producido una subordinación, que cuando hablamos de casos concretos, en nuestra nauseabunda política es práctica usual. No tengo nada en contra de las innovaciones de la comunicación, pero no es con twitter como se hace política efectiva, para eso está la ALP donde subyace el principio de la soberanía popular.

Augusto Vera Riveros, es jurista y escritor.

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