OPINIÓN    

El endeudamiento externo y el coronavirus

Rolando Kempff Bacigalupo



Si no aprendemos las lecciones del pasado corremos el riesgo de cometer los mismos errores. Y, en el caso particular del endeudamiento del país, no podemos olvidar lo ocurrido en el último tercio del siglo pasado.

No debemos olvidar que la indiscriminada captación de crédito externo por el gobierno de Banzer en los años 70 fue una de las causas de la crisis que derivó en la hiperinflación de los años 80 del siglo pasado.

En la década de los 80, la deuda externa fue renegociada con mucho criterio ante la imposibilidad de poder honrar nuestras obligaciones. La deuda bilateral fue condonada; la deuda del sector privado se la compró con un 90% de rebaja con un fondo de fideicomiso manejado por el Fondo Monetario Internacional (FMI). Este fondo fue creado por donaciones de países amigos. Esta situación no se la volverá a presentar por el grado de desarrollo que alcanzó el país.

El actual crecimiento de la deuda externa, tanto pública como privada, es un aspecto que debe ser cuidadosamente analizado, porque amortizarla demanda recursos que bien podrían ser destinados a otras necesidades del país, como enfrentar la pandemia del Covid-19.

El déficit fiscal se encuentra por encima del 10%, lo cual es preocupante. No es lo mismo financiar un hospital o una carretera que puede tener una duración de 10 años, que un gasto corriente.

La deuda externa de Bolivia de mediano y largo plazo, al 10 de junio del 2020, suma $us 11.624,8 millones, de los cuales la deuda con los organismos multilaterales llega a un total de $us 7.857,8 millones, se incluye el préstamo que desembolsó el Fondo Monetario Internacional (FMI) por $us 327 millones, mientras que la deuda bilateral suma $us 1.468,6 millones, donde tenemos a China como el mayor acreedor con 1.030,4 millones.

El indicador de la relación entre el servicio de la deuda y el valor de las exportaciones, en el caso del país llega al 6,7 %, cuando se tiene un límite referencial de 20 % establecido en el Marco de Sostenibilidad de Deuda del BM-FMI.

La actual deuda interna del país tuvo un elevado incremento en la gestión pasada, debido principalmente a la emergencia del Covid-19. Según informes del Ministerio de Economía y Finanzas Públicas, creció de Bs 44.277 millones a fines de 2019 a Bs 61.152,3 millones en septiembre de 2020.

De acuerdo con el informe del Banco Central de Bolivia (BCB), al 10 de junio los créditos externos sumaban $us 11.624,8 millones, de los cuales se adeuda un total de $us 7.857,8 millones a los organismos multilaterales.

Los niveles de endeudamiento externos están subiendo en todo el mundo, porque se necesitan mayores cantidades de recursos para encarar la pandemia y sus efectos en la economía.

En el caso particular de Bolivia, la tendencia es la misma. De acuerdo con estimaciones, llegamos a fines de 2020 con una deuda externa que podría estar fluctuando entre los $us 13.000 millones y 14.000 millones.

Un buen porcentaje de estos nuevos endeudamientos fue destinado a atender las necesidades sanitarias debido al Covid-19 y llenar el vacío generado por medidas como el diferimiento del pago de impuestos o la reprogramación de deudas.

En una reunión con los presidentes de países miembros del Mercado Común del Sur (Mercosur), el presidente Luis Arce planteó la realización de una reunión de ministros del área económica de los Estados miembros a fin de construir ejes que nos posibiliten solicitar a países desarrollados y a organismos de financiamiento un conjunto de medidas de alivio a la deuda externa a favor de nuestros países.

El presidente sugirió la creación de un fondo de crédito que permita a donantes y aportantes el acceso a créditos blandos y el incremento de la ayuda oficial al desarrollo de las fuentes de financiamiento externo para los países en desarrollo.

El nuevo endeudamiento externo debe ser muy cuidadoso. Contraer nuevos empréstitos viene aparejado de nuevas obligaciones. Ya señalamos líneas arriba las consecuencias de un endeudamiento sin control, que afectó la estabilidad política de gobiernos posteriores.

Si los nuevos préstamos no ayudan a crear nuevas fuentes de trabajo y más actividades productivas, pueden convertirse en un lastre para las futuras generaciones.

El autor es Economista, licenciado en la UMSA, con Post Grado; Doctorado Ph.D en Relaciones Internacionales de la Universidad del Salvador de Argentina y Académico de Número de la ABCE (Academia Boliviana de Ciencias Económicas).

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