EDITORIAL    

El tiempo de las cosas pequeñas



Las oportunidades en que los pueblos están tomando grandes decisiones políticas, como, por ejemplo, las elecciones de sus gobernantes, son los momentos en que se sabe qué piensan y proyectan sus dirigentes políticos. Es entonces que se conoce sus pensamientos y las metas a las que se trata de llegar para salir de dificultades y avanzar hacia el futuro o bien confirmar que en vez de mirar al porvenir, solo desean estancarse en un círculo vicioso o inclusive retroceder a tiempos anteriores.

Esa apreciación viene a cuento en las actuales circunstancias, cuando, frente a una decisión electoral, los partidos políticos hacen conocer su visión del futuro y los programas de gobierno que ofrecen al electorado para el caso de que lleguen a tomar en sus manos las riendas del Estado. Las elecciones nacionales no son un paso de danza y la magnitud de su importancia debe ser tomada en cuenta no solo en relación con los candidatos, sino en cuanto a los objetivos sociales y económicos que se trata de alcanzar.

Al respecto, en la actual campaña electoral para elegir a las principales autoridades del país, se observa que casi todos los partidos políticos que tercian en el evento han perdido la perspectiva histórica, no ven más allá de aspectos de detalle, vale decir, que se ha perdido el horizonte político y, en esa forma, se llegó al tiempo de las cosas pequeñas y así ya no se ve los grandes problemas que generan esos efectos. Es más, esa actitud frente a la realidad revela que únicamente se observa asuntos de mínima cuantía y no se considera las grandes causas que determinan problemas.

Esas deficiencias en el pensamiento político boliviano de actualidad son fáciles de percibir en los programas de gobierno que los partidos presentaron al organismo electoral, así como en la publicidad que hacen por diarios, radioemisoras y canales de televisión. Tales ofrecimientos no tocan, ni mucho menos, el fondo de los problemas y se quedan en la superficie, vale decir que más podrían tratarse de buenas intenciones, que ofrecer soluciones que saquen al país del círculo vicioso del atraso, y que se constituyan en atractivo para los electores.

Dichas recetas partidarias no toman en cuenta los aspectos generales que conforman los grandes problemas nacionales y democráticos y, propiamente, consideran que no existen. Por esa falta de perspectiva, típica de los tiempos de las cosas pequeñas, a lo más son ofrecimientos demagógicos para salvar el momento y ganar en río revuelto, pero no para hacer conocer proposiciones de fondo y que constituyan verdaderas soluciones para los graves males que registra el país.

Pareciera que tampoco son programas sinceros, ya que sus ofertas esconden proyectos siniestros que se revelan cuando se llega al poder, como en el caso de un partido populista que siempre predicó la democracia, pero cuando subió al poder se sacó el antifaz de democrático y empezó a hacer lo que nunca ofreció, incurriendo así en una falta de moral política.