OPINIÓN    

El mar no es para ensuciarse las manos

Augusto Vera Riveros



“Bolivia es un Estado pacifista…”, dice la Carta Magna en su artículo 10, parágrafo I. Entonces no puede promover política alguna que lesione ese principio que está emparentado con la convivencia armoniosa con el resto del mundo. Y de esas consideraciones llegamos a la conclusión de que si hasta antes de la vigencia del actual texto constitucional, a alguien se le pasaba por la cabeza recurrir a la guerra para recuperar el mar, hoy la legislación y las nuevas corrientes han desechado tal posibilidad.

Cuando en 2013 el gobierno del presidente Morales anunció al país la instauración de una demanda ante la Corte Internacional de Justicia (CIJ) contra Chile por esa causa, nueve de cada diez bolivianos la apoyaron, entendiendo que un recurso jurídico era la única posibilidad civilizada, vista la tozudez de todos los regímenes del país invasor para solucionar, por vía diplomática, el diferendo. Bolivia, luego, no hizo más que ejecutar, con pleno consenso ciudadano una política de Estado; mal entonces se puede endilgar responsabilidad penal a los actuales gobernantes, por tanto, cobarde resulta aprovechar el resultado del fallo, que por otra parte fue nefasto para el país, y que es otra historia, en una campaña proselitista que se ha tornado tan pobre cuanto perversa en su contenido.

En consecuencia, que Bolivia haya perdido toda posibilidad jurídica por efectos del fallo de la CIJ, para negociar con Chile una salida al Pacífico, es una cosa, pero asunto diametralmente distinto es que se sugiera siquiera, que Carlos Mesa, Vocero en su momento, comparta culpa de la decisión judicial.

Estamos ante una campaña electoral que, por fortuna, ya llega a su fin, en que el maniqueo, más aparente que real, entre los programas de Comunidad Ciudadana (CC) y de Bolivia Dice No (BDN), pero forzado por parte de Oscar Ortiz, ha llevado al extremo inaceptable de que éste haga corresponsable al ex Vocero de la causa, de la rotunda derrota a que dio lugar la sentencia que causa estado. ¿Acaso el de las manos limpias no sabe cuáles son las funciones de un Vocero?

Parece inevitable, entonces, comunicarle que los voceros en cualquier contexto son portavoces del mensaje de otro, y el actual candidato por CC no hizo más que, por delegación legítima del gobierno, dar a conocer, en nombre del Estado ante el mundo, la información resultante tanto de la acción interpuesta. Y no por bondadosa concesión del Presidente, que ni entonces ni ahora comulgó ideas con su actual contendor, sino fundamentalmente, en razón del prestigio del que Mesa goza como experto en historia republicana y las altas competencias que han llevado a reconocer en él, como el más importante comunicador e historiador vivo de Bolivia.

¿Ortiz acaso no sabe que una política de Estado y una causa nacional requieren del concurso de todo ciudadano boliviano? ¿Desconoce acaso Ortiz que en la redacción, fundamentos, motivaciones y defensa propiamente de la pretensión, Carlos Mesa no tuvo, ni pudo tener participación alguna?

Dudo mucho de que haya materia justiciable para, por ese motivo, encausar a Evo Morales, pero pretender involucrar al Vocero en culpa por el resultado de La Haya, es una barbaridad que linda con la estupidez. Lo que sí hay que investigar es el detrimento del erario nacional, a causa de las frondosas delegaciones que nada tenían que hacer en ninguna de las fases procesales del juicio. Si el descomunal entusiasmo de los años que duró la controversia es punible, pues deben entrar a la cárcel todos los turistas que inmotivadamente fueron hasta Holanda, como dirigentes gremiales, sindicales, políticos, empezando por el mismo Ortiz, ministros y parlamentarios, cuando la única presencia necesaria era la del Delegado ante la CIJ y ninguna más.

Para tener las manos limpias, hay que actuar con lealtad. Hay que lavarlas más allá de la marisma, allá en el piélago donde el agua es cristalina, porque para Bolivia el mar es sentimiento con el que no se juega.

El autor es jurista y escritor.

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