OPINIÓN    

Crisis política y municipal en Quillacollo

Saúl Marcelo Chinche



El pasado martes 4 de junio, el Concejo Municipal de Quillacollo de manera intempestiva procedió al cambio de autoridades, nombrando a Willy Montaño del Frente para la Victoria (FPV), en sustitución de Antonio Montaño, quien apenas duró en el cargo cuatro meses. Es de lamentar el pasanaku instaurado en este municipio, que ya suma su tercer alcalde suplente en lo que va del año y el cuarto desde que empezó la crisis en junio de 2018 con la suspensión de Eduardo Mérida, dado que el gran perjudicado es la ciudadanía, por la falta de ejecución de obras y proyectos en las diferentes zonas y distritos, que hacen entrever un escaso desarrollo urbanístico y una baja ejecución presupuestaria para la presente gestión.

La crisis de gobernabilidad que soporta Quillacollo no es reciente, pues en cinco años, un total de 11 alcaldes han pasado por la silla edil desde el año 2005, representando a diversas agrupaciones políticas. Una vez electos, se aliaron con el partido gobernante MAS que, al no haber logrado ganar una elección, hábilmente se las ingenió para que éstos pasen a su bando y, de algún modo, es también el gran culpable de la gran desestabilidad municipal.

Los alcaldes provisionales fueron renunciando por diversas razones, vinculadas a hechos de corrupción -tráfico de influencias, incumplimiento de deberes, beneficios en razón del cargo, cobro de porcentajes para otorgar adjudicaciones-, lo que, lamentablemente, ha corroído la institucionalidad, provocando el malestar generalizado de una población incómoda y preocupada por el desfile de políticos, que solo buscan satisfacer sus ambiciones personales, económicas y de cuoteo, perjudicando el desarrollo y el progreso de la tierra que cobija a la Virgen de Urkupiña, considerada patrona de la integración nacional.

Quillacollo tiene muchos problemas urgentes por atender y es deber de los concejales del FPV y el MAS tener la suficiente madurez política y desprendimientos honestos, que superen las angurrias de poder y cuoteo, para frenar las pugnas políticas, la búsqueda de opciones de solución a la grave crisis institucional, recordando que todos ellos fueron elegidos para que gobiernen Quillacollo, y es su responsabilidad cumplir con las promesas que hicieron durante el periodo de la campaña electoral.

El tratamiento y manejo de la basura, el mejoramiento de calles y avenidas, la provisión de servicios básicos, la conservación e higiene de mercados, áreas comunes y parques; la planificación urbanística y el transporte que la han convertido en una ciudad desordenada, donde el caos vehicular se ha acrecentado peligrosamente; además de la proliferación desmedida y desordenada de puestos de venta instalados en calles y avenidas por doquier, constituyen razones más que suficientes para demandar y exigir a las autoridades ediles que trabajen por su desarrollo y progreso.

Los quillacolleños merecen una alcaldía sólida, transparente y eficiente, con capacidad de gestión y planificación participativa integral; con solvencia moral y ética para la correcta inversión y distribución de recursos; un concejo municipal que esté dispuesto a fiscalizar eficientemente la gestión del alcalde, sin importar si éste es o no de su propio partido; la elaboración de leyes, ordenanzas municipales y otros documentos normativos, sin olvidar que fueron elegidos para garantizar y asegurar el desarrollo humano y la calidad de vida de su población.

Por último y no menos prioritario, las autoridades ediles deberán apresurar la elaboración de la Carta Orgánica que representa la norma de mayor jerarquía del ordenamiento jurídico y administrativo municipal, sujeta a la CPE y la Ley Marco de Autonomías y Descentralización. Lamentablemente, Quillacollo junto con el Cercado, Aiquile, Tacachi y Bolívar aún no iniciaron este proceso, debido a problemas políticos y de organización.

El autor es MGR. Docente e Investigador - UMSS - Cbba.

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