OPINIÓN    

II

Tamayo contra el preste

Marcelo Valero Alanes



A continuación toma la palabra el Honorable Franz Tamayo indicando que no es la naturaleza del indio lo que lo hace alcohólico sino que culpabiliza a los sacerdotes y a la “fanática enseñanza religiosa” y examinará esta problemática desde el aspecto social y económico. Del primero dirá que “importa una reforma social encaminada a cimentar las verdaderas bases de una ley educativa”, preocupación que ya venía de 1910, cuando cuestionó en las páginas de EL DIARIO sobre la reforma educativa introducida por la misión belga.

En el debate parlamentario explica que la cultura se ha mantenido estática desde la colonia española, comparando la reproductibilidad social de nuestra sociedad que va a contra corriente de la naturaleza que es renovación constante: “De suyo la naturaleza está renovando constantemente los hombres en todos los pueblos y donde esta renovación perpetua de los individuos se produce sin renovación del entendimiento, la identidad mental de la masa se impone a las unidades incorporadas y los pueblos continúan siendo lo que han sido”.

Señala a continuación la falta de autonomía en el indio “al arraigamiento de ideas y a la ausencia absoluta de una renovación espiritual”, acertadas palabras, ya que la espiritualidad de un pueblo no es algo con lo que se nace, siendo la perpetuación de costumbres coloniales lo que produce el alcoholismo y no la naturaleza del indio; ese enquistamiento en usos y costumbres lastra el espíritu, haciéndolo lento y pesado, como la cadencia de danza de la morenada.

Respecto al plano económico, el Honorable Tamayo dirá que: “Para el desenvolvimiento progresivo y pacífico de los componentes de una nación es indispensable ante todo la libertad económica de cada uno de ellos, y esta libertad se consigue mediante el ahorro, factor esencial para la riqueza del país” y siendo el despilfarro una causa que evita el ahorro, su voto fue a favor de la prohibición.

Posteriormente la Revolución de 1952 continuó con la liberación del indio, otorgándole ciudadanía plena, sin embargo la lógica del derroche en las fiestas se mantiene, y, aunque ha habido un ascenso social del indígena, devenido en próspero comerciante urbano (burguesía chola), su espíritu sigue anclado en la Colonia y los actuales descolonizadores nada hacen, ya que religión y alcohol sirven de instrumentos de dominación, que se han adherido cual hiedra al espíritu del indígena urbano.

Y si bien el interminable desfile con motivos mitológicos y fundacionales, con lentejuelas y pollerines cortos, proporciona elementos vistosos a la cultura local, lo hace con el precio de encadenar el espíritu que “sin renovación” se mantiene encadenado al fanatismo religioso y a la materialidad de lo inmediato, sin que el espíritu pueda elevarse más allá de la ostentación fatua y el egoísmo de clase.

Necesitamos una renovación de la cultura, pues ésta no es algo dado y perenne, sino algo que debió haberse renovado ya en los albores del Siglo XX, para no tener una cultura atada a la pesadas cadenas de los compromisos sociales limitantes, ya que si bien el ritmo de la morenada, simulando las cadenas de la esclavitud, se ha transformado con la prosperidad en oro, por la actividad comercial de la nueva burguesía ascendente, sin embargo siguen siendo cadenas.

El texto final después de tres sesiones decreta: “Artículo 1°.- Se prohíbe en lo absoluto las fiestas denominadas alferazgos, mayordomías, renovaciones y otras análogas. Artículo 2°.- Los infractores serán penados con la multa de doscientos bolivianos por cada vez, que se hará efectiva por los Prefectos en las capitales de departamento y por los Subprefectos en las provincias”. 1 de septiembre de 1913.

Este decreto no fue abrogado, así que queda hacerlo cumplir o preguntarnos si necesitamos otro tipo de cultura más flexible, sin referencia a la religión como ostentación y manifestación externa de un folclorismo alcohólico; si algo fue de una manera (los procesos colonizadores), no significa que así deba ser siempre, pues la característica de la cultura humana es su maleabilidad. Tal vez necesitemos esa “renovación espiritual” que propugnara Tamayo, como un requisito para crearnos una nueva cultura sin alcoholismo y sin fanatismos coloniales que nos atan al pasado, como con pesadas cadenas, sino una que nos vincule con las raíces para proyectarnos al futuro.

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