OPINIÓN    

El club de los dictadores

Eric Cárdenas



El sabio griego Platón en su celebrada obra “La República” sostiene que existen tres clases de gobiernos normales, los mismos que se degeneran. El primero es la monarquía (gobierno de uno), que degenera en tiranía (dictadura); la segunda forma es la aristocracia (gobierno de los mejores), que degenera en oligarquía (gobierno de pocos); la tercera es la democracia (gobierno del pueblo), que degenera en anarquía (sin gobierno). En ese trabajo sostuvo que el monarca debía ser sabio. Más tarde Platón fue de asesor de Dionisios, el rey de Siracusa, allí comprobó que los monarcas no solo que no eran sabios, sino que eran tiranos. Por ello planteó su segunda forma en preferencia, que en ausencia del rey sabio, debe ser la ley la referencia del gobierno, es decir el estado de derecho.

Hasta el Siglo XVII, en el que en Inglaterra en 1646 es echado del poder el rey por una revolución, y asume el poder por primera vez alguien que no era noble, el burgués Cromwell (aunque luego se restituye la monarquía, para en 1868 someter al rey a la constitución) y luego con las revoluciones: norteamericana (1776) y francesa (1789) que definitivamente liquidan la monarquía de corte autocrático e implantan la democracia.

No obstante que en buena parte del mundo se institucionalizó la democracia liberal, no han estado ausentes las dictaduras inspiradas en la monarquía, y en el siglo pasado al calor del fascismo y comunismo. En estos tiempos, en varios países todavía se mantienen gobiernos tiránicos, no obstante los esfuerzos de la comunidad internacional que ha puesto en vigencia acuerdos para preservar la democracia.

En nuestro continente hace más de una década se aferran al poder dictaduras atroces, como en Cuba, Venezuela, Nicaragua (de corte comunista) y en otros fueron echados del poder, por la voluntad del pueblo, los gobiernos izquierdistas de Argentina, Brasil y Ecuador, todos que respondían al socialismo del Siglo XXI y el Foro de San Pablo.

En otras latitudes del mundo también se aferran al poder algunas dictaduras. Llama la atención que entre los dictadores se hubiera establecido una suerte de “club de socorros mutuos”, pues entre ellos se apoyan y asisten. Recientemente el dictador de Turquía, Erdogan, visitó al dictador Maduro en Venezuela, para darle su respaldo y apoyo. El mismo Maduro recibe ayuda del ruso Putin, que a su vez apoya con fuerza armada al dictador de Siria, y la dictadura cubana apoya a todas las dictaduras latinoamericanas. En general, entre ellos hay una suerte de apoyo explícito, no importa la condena casi generalizada a los crímenes contra sus pueblos.

Los apoyos no solamente son de firma de acuerdos. Sino que se entregan preseas entre ellos, seguramente por distinguirse en sometimiento, persecución y crímenes de lesa humanidad.

En nuestro país hace trece años nos gobierna un régimen que tiene hegemonía de poder, que ha perseguido y desmantelado las instituciones, entre ellas el sistema de partidos, en especial de oposición, y persecución judicial a sus líderes. El presidente-candidato es parte del club de autócratas, los apoya y periódicamente los visita, les ha conferido preseas y hace coro con ellos y sus intereses en los foros internacionales.

El nuevo presidente del Brasil, elegido por su pueblo mayoritariamente, luego de varios períodos de gobierno izquierdista, entre uno de sus primeros actos expresó la necesidad de combatir a las dictaduras. Distinta postura adoptó el nuevo presidente de México, el izquierdista López Obrador, quien ha retirado a su país del grupo de Lima (conformado por varios países, que buscan devolver a Venezuela la democracia), con una postura de “complicidad hipócrita”, con el pretexto de la no intervención en asuntos internos de otros países, pero sí éstos intervienen abiertamente, hasta con gente armada en apoyo a las dictaduras.

El Papa Francisco hasta hoy no se ha pronunciado categóricamente contra las atroces dictaduras, que vulneran los Derechos Humanos y se mantienen sobre los cadáveres de cientos o miles de víctimas del terrorismo de Estado y sugiere diálogo. ¿Qué diálogo puede haber con las balas?

Que este siglo sea el de las plenas libertades y derechos, sólo limitadas por la ley y los derechos ajenos, debe ser la consigna de los verdaderos demócratas.

El autor es abogado y politólogo.

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