OPINIÓN    

A 50 años del concierto en la azotea de la Apple Records

Augusto Vera Riveros



Los londinenses se dirigían a sus casas porque era hora del almuerzo. Como en cualquier ciudad moderna principalmente de Europa, los transeúntes apuraban el paso y los conductores se mordían sus uñas ante el tráfico vehicular propio de la hora. De pronto, aquellos y éstos, quedaron atónitos ante los primeros acordes de “Get Back” y maquinalmente levantaron las cervices para comprobar lo que nadie podía imaginar hasta entonces: “The Beatles”; aquella legendaria banda musical que para ese 30 de enero de 1969 ya había alcanzado la categoría de mito, estaba en el techo de la Apple Records, su hogar artístico donde pasaban jornadas enteras, componiendo, ensayando, haciendo arreglos musicales, y; desafortunadamente para el mundo, especialmente nacido después de la Segunda Guerra Mundial, dando rienda suelta a sus desencuentros, que con la fama, las drogas y el celo mutuo entre los cuatro liverpulienses más célebres de la historia, hacía ya mucho tiempo se estaban dando.

Pero ¿Qué significancia tiene aquel memorable mediodía en el mismísimo centro de Londres? Es sencillo. El mundo tuvo en ese cuarteto prodigioso, a cantautores de talento ultra dotado, cuya conjunción musical a finales de la década de los años cincuenta pudo ser más casual y emotiva que de empatía artística. No lo sabemos; pero más allá de la excéntrica presentación pública; esos afortunados cientos o miles de británicos de expresiones embobados ante la inusitada exhibición que desde la calzada trataban de ver, y cuyos oídos, estaban al menos, contra toda lógica en regocijo, fueron el conglomerado humano más privilegiado que algún fanático de la música en cualquier género pueda haber tenido la posibilidad de experimentar. Es que fue inverosímil.

Y es que la música es idioma universal; es dotar a los sonidos y a los silencios, de una organización tal, que su resultado sea agradable al oído. “The Beatles” o “Los Beatles” como se ha castellanizado su nombre, no solo han logrado organizar sonidos, medir tiempos y dar ritmo incluso al silencio, sino que han hecho de la música un vehículo extraordinario de comunicación entre intérprete y público; han aportado, según opinión generalizada de los expertos en discografía, cuando menos con las dos canciones de belleza melódica y profundidad literaria más importantes de la historia, que las hacen, en todos los géneros musicales, las composiciones más preciosas que oído humano haya aprehendido.

La ventisca de aquella inicial tarde, dio al memorable concierto un condimento tan especial que hizo airear no solo las melenas de John; Paul, George y Ringo, sino que además, pareció que el mismo Apolo estaba ahí, para decirle al mundo, al menos por unos minutos, que estaban juntos; que la diminuta Yoko Ono -sentada en un improvisado asiento, a dos o tres metros de su hombre- no tenía poder para disociar a la banda; que la magia de su talento y la frescura de su música, estaban incólumes; que no necesitaban un gran escenario ni interminables filas para ser vistos. Estaban dando un mensaje, aunque efímero, de que “Don’t Let Me Down”, podía ser interpretada con magistral estilo, porque la acústica pasa a segundo plano cuando el monstruo canta. Lástima que ni “Let It Be” ni “Hey Jude” formaron parte del repertorio, se me ocurre porque íntimamente quisieron reservarlas para un concierto forzado, que el mundo en su íntima percepción, sabía que nunca se iba a realizar.

Dos gabanes de mujer y un abrigo fosforescente que vestían tres de ellos, contrastaban con el atuendo impecable al límite, de McCartney. Todo contribuyó a la insolencia contra el sistema. Menos de una hora duró el delirio. Nunca más se los vio juntos.

El autor es jurista y escritor.

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